Prácticamente voy a parafrasearme, con lo feo que eso está, en las próximas líneas. Si hace un mes arrancaba la Eurocopa, más que nunca, como un dulce paréntesis en nuestras apretadas existencias, en menos de un mes comienza otra inyección de ese placebo que supone el deporte de alto nivel. Llegan los Juegos Olímpicos de Londres.

Y llegan para tener de nuevo al país pegado a la televisión; a la pública, ya que milagrosamente los Juegos se han ‘escapado’ de ese festín de cuervos que es en este país el reparto de los derechos televisivos de grandes eventos. Días después de un nuevo tijeretazo al Estado del Bienestar en nuestro país, volverán a los balcones las banderitas que dicen que, a pesar de todo, la gente está orgullosa de haber nacido en este país. Y es justo y necesario y, perdón por ponerme bíblico, pero es así. La evasión momentánea de la realidad que supone el deporte y que, efectivamente, nada nos da y nada nos quita, es mucho más productiva que dedicar horas y horas a flagelarnos porque el país se va a pique por culpa de unos ineptos.

En la antigua Grecia, en periodo de Olimpiadas, las guerras en curso se suspendían durante la disputa de los Juegos debido a su marcado carácter religioso. Han pasado demasiados años para que el conflicto económico en el que vivimos inmersos vaya a pararse durante tres semanas solo por ver el espectáculo de Usain Bolt en la pista, el poderío en la piscina de Michael Phelps o la magia, aunque sea sin Ricky, de la ÑBA sobre el parqué inglés. Es solo placebo, sí, pero bendito placebo.