Hasta ahora, la edad no había supuesto un problema para mí. Tengo 35, camino de 36 y me veo bien, no soy de esos que dice “la edad es algo mental, yo no tengo 33, tengo 15”, cosa que compruebas que es cierta cuando ves como se comportan.
Nunca he pretendido comportarme de manera distinta a mi edad. Cuando cumplí los 30, no entré en crisis, sobre todo porque llevaba en crisis permanente desde los 17. Es lo bueno de las tendencias depresivas.
Pero es cierto que en los últimos meses han ocurrido algunos acontecimientos que me han hecho dudar de mi postura.
Que el traumatólogo te diga “es que a tu edad, después de estar operado del ligamento cruzado es una imprudencia seguir jugando al fútbol”, te suena igual de mal que a tu abuelo cuando le dicen “es que a su edad, comerse esos bocadillos de panceta con dos vasos de vino, es una imprudencia”.
Se supone que es la edad en la que tienes que empezar a frecuentar los gimnasios, para evitar la pesadilla de todo treintañero, casado o soltero, es un terror común, convertirse en un señor con tripa a los 45, de esos que en verano van por la playa con la camisa abierta y su tripa llega siempre 5 segundos antes que él. Solo de pensarlo, me recorre la espalda un sudor frío.
No es el momento de tu vida en que esperas escuchar de un profesional “pero hombre, como se te ocurre hacer deporte, déjalo ahora mismo, si quieres hacer ejercicio, sal a andar todas las mañanas, sobre las 7.30, que es la mejor hora”.
Cada vez es más frecuente, que un momento de supuesta demostración de tu dinamismo, se convierta al instante, en una triste confirmación de todo lo contrario.
Cuando en la oficina ponen en la radio un temazo, como por ejemplo “The Power of Love”, de Huey Lewis and the News, tema central de “Regreso al Futuro”, una de las películas de tu preadolescencia, comienzas a cantarla pensando “si es que estoy al día con el rollo de la música, mayor yo, venga ya”. Entonces te giras y compruebas las caras de ignorancia de las personas que te rodean, para darte cuenta que ninguno de ellos había nacido cuando sonaba esa canción. Es un momento muy duro.
Otra de las señales inequívocas, es que todo el mundo empieza a llamarte de “usted”, os convertís de repente en “señores” y “señoras” para dependientes, gente que hace cola, el de la ventanilla de Hacienda y por supuesto, para los jóvenes.
Porque la “gente joven” cada vez son más “los otros”, se van alejando, te resultan más extraños, más incomprensibles sus comportamientos y un día sin darte cuenta, acabas diciéndole a uno de esos elementos “madura de una vez, que ya no eres un niño, compórtate como lo que eres, una persona adulta”.
Por supuesto hacerse mayor lleva aparejado, eso que todos juramos que nuca haríamos, pasara lo que pasara, que a nosotros no nos ocurriría: comportarnos como nuestros padres.

