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World-cup

Austria-Argelia reaviva el debate: el Mundial podría castigar buscar la victoria

Nicolás Vargas
Por Nicolás Vargas
25 junio 2026 7 min de lectura

La previa del duelo entre Austria y Argelia, correspondiente al Grupo J, vuelve a poner sobre la mesa el debate sobre la equidad en los torneos del Mundial. El encuentro llega con un trasfondo histórico y, sobre todo, con un cálculo deportivo que puede desinflar el incentivo por buscar el triunfo, justo cuando el formato premia más de lo que muchos quisieran la combinación de resultados.

Austria–Argelia: el Mundial 2026 y el fantasma de “la vergüenza de Gijón”

Elemento Dato Contexto
Motivo del interés Grupo J Austria y Argelia se enfrentan con escenarios que favorecen un resultado que no necesariamente requiere ir a por todo
Referente histórico “La vergüenza de Gijón” Caso del Mundial de 1982 vinculado a una aparente permisividad por el esquema de horarios y desencadenantes de clasificación
Regla y consecuencia señalada Desempate por enfrentamiento directo La modificación del criterio puede reducir la presión por el descenso y también afectar el desenlace del cruce
Crítica central Acceso de terceros Se apunta a que el pase de equipos ubicados en tercer lugar amplía combinaciones y eleva la posibilidad de resultados convenientes

Alemania llegaba a aquel partido en Gijón colocada en la tercera plaza del Grupo 2, sobre todo por una derrota sorpresiva 2-1 ante Argelia en su estreno en el torneo. Con ese golpe inicial, nada que no fuera la victoria servía para el equipo dirigido por Jupp Derwall. En el minuto 10, Horst Hrubesch abrió el marcador en Gijón.

La situación, sin embargo, no dependía solo del guion alemán. Austria, que había ganado sus dos primeros partidos, entendía que mientras no cayera por tres goles o más ante Alemania, lograría adelantar a Argelia en el segundo lugar del grupo por diferencia de tantos. La razón era clara: Argelia ya había disputado su último compromiso el día anterior, ante Chile. Así, antes del pitazo inicial del partido decisivo, estaban fijadas las permutaciones necesarias para cada desenlace.

Con ese panorama, Austria no encontró incentivos reales para buscar el empate en el tramo final, mucho menos para lanzarse al ataque en los minutos finales. Y cuando parte del público se dio cuenta de lo que estaba sucediendo, algunos comenzaron a quemar billetes en las gradas mientras coreaban: “¡Está arreglado!”.

El clima se extendió fuera del campo. El comentarista austriaco Robert Seeger pidió a los espectadores que apagaran la televisión, mientras su homólogo alemán Eberhard Stanjek simplemente dejó de hablar. Más tarde, el ex internacional Willi Schulz calificó a los 22 jugadores sobre el césped como “gangsters”. Incluso al día siguiente, el diario gijonés El Comercio publicó el informe del partido en su sección de crónica criminal.

Ahora bien, aunque la Federación Argelina de Fútbol reclamó que se investigara, la FIFA determinó que no se había quebrantado ninguna norma. La conclusión fue tan importante como polémica: si no había infracción, entonces había que ajustar el reglamento. Desde el Mundial de 1982 en España, las dos últimas jornadas de cada grupo se disputan el mismo día y a la misma hora. Por eso, resulta llamativo que la FIFA haya abierto la puerta a una repetición de lo ocurrido, un fenómeno que más tarde se conoció como “la vergüenza de Gijón”, y que en este nuevo escenario vuelve a asomarse en el Mundial de 2026 en Norteamérica.

La discusión de fondo no se limita a lo ocurrido sobre el césped. En el 75º Congreso de la FIFA, celebrado en Paraguay el año anterior, Gianni Infantino aseguró que “todas las ideas son buenas”. Esa frase ayuda a entender por qué se termina observando un Mundial con un formato que, en la práctica, puede conducir a situaciones consideradas injustas para el propio espíritu de la competición.

La ampliación del torneo de 32 a 48 equipos fue, por supuesto, una decisión impulsada por dinero y poder. Más participantes implican más ingresos para la FIFA y para cada uno de los miembros asociados, reforzando la posición de Infantino como presidente indiscutible. En ese planteo, se dejó poco margen para evaluar cómo la expansión podría perjudicar el desarrollo del campeonato.

De hecho, el problema emergió con claridad tras el Mundial de 2022, con un grupo inicial de altísima intensidad. Entonces, el equipo liderado por Infantino comprendió que el plan de 16 grupos de tres equipos para 2026 no solo le robaría al torneo el dramatismo de la fase final, sino que también abriría la posibilidad de que ciertos combinados se favorecieran mutuamente, ya que los conjuntos podrían saber de antemano qué necesitaban para avanzar a la fase eliminatoria.

“Los grupos de cuatro han sido absolutamente increíbles”, reconoció Infantino desde Doha. Y añadió: “Hasta el último minuto del último partido no sabrías quién avanzaba”.

Esta vez, en ese punto, no estuvo equivocado. En el Grupo E, por ejemplo, hubo nueve cambios en la clasificación a lo largo de las dos jornadas finales de la tercera fecha, con los partidos simultáneos entre Japón y España, y entre Alemania y Costa Rica.

Con el aprendizaje, Infantino admitió que la FIFA tendría que “revisar o al menos volver a discutir el formato”. Y lo hizo. En marzo de 2023, el Consejo de la FIFA confirmó que las 48 selecciones del Mundial de 2026 se distribuirán en 12 grupos de cuatro.

En un comunicado se explicó el objetivo: “El formato revisado reduce el riesgo de colusión y garantiza que todos los equipos disputen al menos tres partidos, además de ofrecer tiempos de descanso equilibrados entre los combinados que compiten”.

Sin embargo, para la FIFA el ajuste generó un segundo inconveniente: la matemática. La gran ventaja de un Mundial con 32 equipos es que el corte a los 16 se vuelve sencillo: avanzan los dos primeros de cada uno de los ocho grupos. Es un esquema directo y, además, justo. Cada equipo sabe en todo momento dónde está parado y los resultados de un grupo no contaminan los escenarios de otro, algo que no ocurre en el Mundial actual.

El salto a 48 selecciones obligó a permitir que también avanzaran los terceros lugares. Así se completaría el número necesario para el cuadro de 32. Y esa decisión trajo dos consecuencias, una más previsible que la otra.

Primero, hay equipos que pueden acceder pese a haber perdido dos de sus tres partidos de grupo. Como señaló Craig Burley, ex jugador internacional de Escocia, al hablar del caso de su país que podría clasificarse gracias únicamente a un 1-0 sobre Haití, el sistema “premia la mediocridad total”. Segundo, y más grave, el uso de una tabla de terceros por primera vez desde 1994 incrementa la posibilidad de aquello que la FIFA intentó frenar en 1982.

El ejemplo que se plantea es el duelo del sábado entre Austria y Argelia, no solo por la presencia de dos de los tres equipos vinculados al episodio de Gijón.

Ambas selecciones cayeron ante el ganador del grupo, Argentina, pero Austria logró vencer a Jordania y Argelia también. Aun así, Austria llega por delante gracias a la mejor diferencia de goles. En condiciones habituales, Argelia tendría que ir con todo para imponerse a Austria y conseguir el pase a la fase eliminatoria.

Pero aquí aparece la trampa del horario: al jugar en el último tramo de la fase de grupos, Argelia ya sabe que con un punto en Kansas City le alcanza para seguir con vida.

Además, si hay empate, Austria asegura el segundo lugar. Por eso, el partido no parece estar cargado de urgencia para buscar la victoria. Incluso podría convenirles perder, porque la FIFA introdujo un segundo cambio relevante al formato del Mundial de 2026 poco antes de su arranque.

Por primera vez en la historia de un Mundial, cuando dos equipos finalizan el grupo con la misma cantidad de puntos, el criterio principal de desempate pasa a ser el resultado entre ambos equipos, es decir, el enfrentamiento directo, y no la diferencia de goles. Según la lectura crítica que se hace, esto ya provocó la eliminación temprana de cinco conjuntos que todavía podían aspirar al tercer puesto, contradiciendo el discurso de la FIFA sobre reducir los partidos sin importancia.

Jordania fue uno de los equipos afectados por la alteración del desempate, de modo que no existiría el riesgo de que Austria o Argelia terminen en el último lugar del Grupo J. Así, se elimina parte del dramatismo y se reduce el nivel de presión del cruce en Miami. Y hay un componente adicional: como el resto de los grupos quedará definido antes de que se dispute este partido, ambos equipos también conocerán con anticipación a posibles rivales en el cuadro de 32, lo cual podría influir en la manera de encarar el encuentro.

En el escenario descrito, el subcampeón del Grupo J jugaría contra España, mientras que el tercero podría medirse a Suiza. En ese contexto, Austria preferiría evitar un cruce de 32avos frente al campeón europeo vigente, por lo que no sería necesariamente favorable para ellos evitar la derrota ante Argelia.

Por supuesto, no hay indicios de que Ralf Rangnick vaya a ordenar a su plantel “tirar” el partido. La cuestión, más bien, es que por cómo está armado el formato —calificado como “farsa” por quienes lo critican— Austria y Argelia quedan en una posición ventajosa frente a la mayoría de sus rivales para alcanzar los puestos que dan acceso a la fase eliminatoria.

También se señala que permitir el pase de los terceros hace que algunos campeones de grupo tengan un sorteo mucho más duro en los 32avos que otros. Para el análisis presentado, el resultado es una desigualdad estructural: la solución sensata sería regresar a un Mundial de 32 equipos.

No obstante, se sostiene que es más probable que la FIFA opte por seguir ampliando el torneo. El año pasado, el dirigente uruguayo Ignacio Alonso “planteó de forma espontánea” la idea de un Mundial único de 64 selecciones para 2030, como conmemoración del centenario del torneo.

Pese al apoyo posterior del presidente de CONMEBOL, Alejandro Domínguez, la propuesta encontró resistencia, principalmente desde UEFA y la AFC. También se informó que, incluso puertas adentro de la FIFA, la idea no tendría un respaldo contundente. Ese detalle se presenta como algo ligeramente tranquilizador.

Además del efecto sobre la calidad final del torneo, un Mundial de 64 equipos sería un desastre logístico y ambiental aún mayor que el actual. Aun así, Infantino no ha descartado la posibilidad, y eso no sorprende: en la FIFA, como se repite en el argumento, “todas las ideas son buenas”, incluso si resultan ser las más cuestionables.

Nicolás Vargas
Autor

Nicolás Vargas

Periodista deportivo y especialista en fútbol, Nicolás Vargas combina rigor informativo con lectura fácil. Analiza partidos, sigue el mercado de fichajes y traduce la actualidad deportiva en noticias útiles para el aficionado.

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