Pepi y el auge de Prosper: el futbol llega con la expansión del norte de Texas
Cada vez que Ricardo Pepi regresa a Prosper, Texas, el lugar ya no es el mismo. En 1990, la ciudad, al norte del área metropolitana de Dallas-Fort Worth, apenas reunía 1.018 habitantes; tres décadas después, superó con creces los 30.000. Prosper crece sin pausa y con ello se expande también la sensación de estar en la antesala de algo más grande: un borde suburbano cada vez más próspero, que avanza desde Dallas con dirección hacia el límite con Oklahoma.
Para llegar a Prosper hay que salir desde el norte de Dallas: desde Plano y Frisco, donde muchas de las casas en los nuevos desarrollos se parecen tanto entre sí que cuesta imaginar cómo cada familia distingue su propio hogar del de su vecino. En algunos vehículos se leen mensajes que resumen el clima social del lugar, como una calcomanía en la parte trasera de una SUV grande con el lema “WELCOME TO AMERICA, NOW SPEAK ENGLISH”, y a su lado otra con una carita sonriente. Después de atravesar un laberinto de pasos elevados, rampas y autopistas elevadas, el camino se abre hacia el norte, por extensiones planas y poco pobladas, hasta que aparece de golpe Prosper, plantada en medio de la nada y con la sensación de que todo es reciente.
“Cuando no he podido volver a casa en un par de meses y regreso en verano, todo va a ser completamente distinto. Me fui en Navidad y cuando vuelvo veo nuevas casas por todas partes”, comentó el futbolista.
La vivienda de los Pepi encaja con el resto del vecindario: es nueva, moderna, ordenada, con un jardín bien cuidado. No se percibe como ostentosa, aunque tampoco es pequeña. Por dentro predominan tonos grises y en la puerta trasera cuelga un letrero con un mensaje en español: “CON DIOS TODO ES POSIBLE”. En una pared del salón hay una especie de collage con fotos, sobre todo de su etapa juvenil en el fútbol: una secuencia visual que funciona como cronología de la carrera de un niño que, incluso cuando ya creció, la familia todavía llama “Gordo” por costumbre, pese a que hoy es alto y delgado.
La estatura y la presencia temprana le marcaron la infancia en la cancha. Ricardo era más grande que la mayoría de sus compañeros, y eso provocó que en algunos partidos los padres de rivales exigieran ver su acta de nacimiento, incluso cuando ya lo habían enfrentado y, a simple vista, habían comprobado quién era. Cuando los Pepis mostraban el documento y quedaba claro que Ricardo era efectivamente más joven que el resto, el ambiente se volvía incómodo: los mismos adultos cambiaban las formas y empezaban a lanzar burlas durante los juegos, con comentarios del tipo “¿Cuándo se casará?”.
Los Pepi se instalaron en Prosper hace apenas unos años. El motivo inicial llegó cuando Ricardo firmó su primer contrato profesional con el primer equipo de FC Dallas, antes de entrar en la selección nacional y antes de que su carrera diera el salto que lo llevó a Alemania con un traspaso récord de 20 millones de dólares hacia FC Augsburg. En la casa texana vive solo parte del año; cuando no está en Europa o viajando, aprovecha para estar con los suyos. La historia del traslado también tiene una segunda capa: su familia se mudó para acompañarlo al norte de Texas, pero el ritmo de la profesión terminó dejando a los demás atrás con el paso del tiempo.
Daniel Pepi y su esposa, Annette, nacieron ambos en Juárez, México. Ella permaneció allí durante toda su niñez. Daniel cruzó la frontera cuando tenía siete años y se formó en El Paso. Juárez y El Paso son ciudades hermanas separadas por una frontera fuertemente vigilada, pero, para quienes viven cerca, la división se siente más administrativa que real: se perciben como un mismo territorio extendido. Daniel y Annette se conocieron en un campo de fútbol. Daniel jugaba en una liga masculina local en El Paso, un espacio que también funcionaba como punto de encuentro social, y la familia de Annette tenía un vínculo igual de fuerte con el deporte.
Se casaron en 2002. Annette se trasladó de manera definitiva a El Paso. Ricardo nació en enero de 2003. Daniel tenía 23 años cuando se convirtió en padre y Annette contaba con 16.
“Yo era joven; ella era más joven. Más o menos empezamos la vida desde cero, tratando de vivir día a día. En El Paso no era tan sencillo: formar una familia implica trabajar muchas horas y a veces se pone realmente difícil”, recordó Daniel.
Los primeros años no fueron fáciles. Encontraron una casa, pero cuando no alcanzaba el dinero tuvieron que volver a vivir con los padres de Daniel. Después vinieron idas y vueltas hasta que, con esfuerzo, reunieron lo necesario para comprar un terreno y un remolque en San Elizario, un pequeño punto en el Desierto de Chihuahua, pegado al Río Grande y a la frontera con México. Aunque el crecimiento de El Paso lo rodea, el lugar también se siente muy ligado a Juárez. A ese rincón, como le dicen los habitantes, San Eli, llegaba una historia particular: antes fue parte de México, pero tras el Tratado de Guadalupe Hidalgo terminó la guerra entre México y Estados Unidos y el área pasó a formar parte de Estados Unidos. Sin embargo, cultural y emocionalmente, la identidad no dejó de ser mexicana. Allí, la vida se sostiene con trabajo manual y muchas familias construyen sus casas con sus propias manos.
Daniel, que había seguido el oficio de su padre en el trabajo del concreto desde los 13, se dedicó a levantar una vivienda para ampliar la familia. El proyecto tardó seis años. Annette dio a luz a dos hijos más.
Cuando no estaban en el fútbol, los fines de semana los Pepis cruzaban hacia Juárez. La comida era más barata y allí estaba el soporte familiar de Annette. Se quedaban a dormir y regresaban a El Paso el domingo, desafiando las largas filas del control fronterizo. Daniel seguía jugando en la liga local masculina —como delantero, pero también con la disposición de quien hace lo que haga falta— y Ricardo se movía cerca, observando y aprendiendo. Las mañanas comenzaban temprano: el equipo llegaba al parque alrededor de las 8, justo cuando arrancaban los partidos, y permanecían casi todo el día. Para ellos, el fútbol era comunidad: asados, bebidas, convivencia y familia. Con solo 4 años, Ricardo le preguntó a su padre si podía empezar a jugar fútbol.
En una mañana de sábado en particular, Daniel y Ricardo coincidieron con partidos al mismo tiempo. Daniel decidió que el juego de él tenía prioridad y que Ricardo tendría que perderse el suyo. Sin embargo, la decisión no terminó de convencerle. “Nos subimos al coche y salimos hacia mi partido. A mitad de camino, en la autopista, pensé: ‘¿Qué demonios estoy haciendo? No es que vaya a perderme demasiado. No es que esté construyendo una carrera. Y mi hijo apenas está empezando. Tal vez él sí tenga una oportunidad’. Entonces di la vuelta y regresamos a su partido. Desde ese día, los juegos de él —y también los de mis otros hijos— han sido lo más importante”, explicó.
Así, Daniel Pepi, el futbolista, se retiró; Daniel Pepi, el padre futbolero, tomó el mando.
Con 10 años, Pepi fue colocado por alguien más en un equipo selectivo para un torneo en Las Cruces, Nuevo México, a una hora de distancia. El entrenador lo puso como portero, delantero al mismo tiempo que acomodaba la plantilla, y no le dio instrucciones adicionales. Los Pepis y otros padres decidieron separarse y armar su propia escuadra, Los Leones. Daniel se convirtió en entrenador. El equipo viajaba con frecuencia, como una especie de caravana de bajo presupuesto que enfrentaba a rivales mejor acomodados donde fuera que hubiera torneo. Mantener a Pepi, todavía preadolescente, compitiendo en partidos de calidad y sostener su extraordinaria facilidad para marcar goles se volvió una prioridad financiera para una familia que apenas lograba salir adelante.
“A veces teníamos que ir a torneos, ir a Albuquerque, a San Diego, a Phoenix… Hacías lo que fuera necesario para conseguir ese dinero y llevarlos. A veces pedíamos prestado. O yo pedía un préstamo en el trabajo o a mi papá. Otras veces tenía que empeñar el título del coche. Lo que fuera para seguir”, detalló Daniel.
Ricardo también entendía desde temprano la distancia entre Los Leones y la mayoría de rivales: equipos privados, con recursos, compuestos en gran parte por jugadores blancos, dentro de un circuito juvenil que operaba como negocio.
“Eso me motivaba a hacerlo mejor que ellos porque sabía que tenían una vía más fácil. Ser latino no te da tantas oportunidades como a otros. O es por las circunstancias, o porque la gente no ve el talento real en ti. O directamente no quieren verlo”, sostuvo.
Aunque todavía era un niño, Ricardo captó el costo de esos sacrificios familiares. “Empiezas a darte cuenta de detalles pequeños y te quedas pensando: ‘Están haciendo un gran esfuerzo por mí para que llegue a esos torneos, así que entonces yo tengo que salir y hacerlo realidad’. Era difícil porque yo mismo me ponía mucha presión. Quería ayudar a mi familia de alguna manera”, recordó.
Trabajó con intensidad. Sabía que quizá no siempre era el más técnico del campo, así que pidió que Daniel le marcara ejercicios extra. Daniel fue exigente: cuando veía que Ricardo no se entregaba, lo sacaba del partido y lo llevaba de vuelta a casa.
“Cuando pensaba que yo estaba siendo flojo, siempre me quitaba del juego y me llevaba a casa. Me decía: ‘Si no quieres jugar, entonces tira el uniforme, tira las botas. No voy a desperdiciar mi tiempo ni mi dinero’. Era muy directo, pero yo siento que estoy aquí precisamente por eso”, explicó Pepi.
Cuando Pepi tenía 10 años, en 2013, Daniel y otros padres entregaron el control a un entrenador con más experiencia. Ese cambio llevó al equipo a conectarse con la nueva filial de FC Dallas en El Paso. FC Dallas era un club ya establecido en la MLS, con un historial irregular en resultados competitivos, pero con una reputación sólida por formar talento en una academia juvenil con residencia e inclusión de gastos. Ese contexto, sumado a la fortuna, terminó poniendo a Pepi en el radar de un equipo profesional que quedaba a unas diez horas al este.
Si FC Dallas no hubiera decidido comenzar a observar el fútbol de El Paso en ese momento, si el nuevo entrenador de Ricardo no hubiera buscado una afiliación —algo que Daniel no apoyaba en ese instante—, nadie sabe si su historia habría llamado la atención de alguien. Ricardo difícilmente habría sido el primer mexicano-estadounidense con talento que quedara fuera de la mirada. Podría haberse perdido en el enredo de ligas menores o, incluso, podría haberse lanzado a probar suerte como agente libre, un perfil común para quienes aparecen como promesa secundaria en ligas mexicanas, tal como le ha ocurrido a cientos de futbolistas mexicanos-estadounidenses.