El estadio de Nueva York apagó a Brasil: ambiente gris en la previa del debut
En el exterior del estadio de Nueva York/Nueva Jersey, en East Rutherford, el contraste llama la atención. Desde los pasillos superiores, lejos del césped, el entorno parece más un área industrial que un escenario futbolero: asfalto, concreto, filas de autobuses lanzadera, carpas temporales y, a lo lejos, una autopista. La zona se siente apartada, casi sin vida, y así transcurrió un encuentro de Mundial el sábado por la noche.
Casi doce meses antes, el 15 de junio de 2025, el mismo recinto era otra cosa. La explanada estaba tomada por aficionados con camisetas verdes, con movimiento constante en el estacionamiento y ambiente de parrillada, cerveza y charla familiar. Incluso un vehículo llamó la atención por el trabajo artesanal con la bandera portuguesa en la parte frontal y, en la zona trasera, una réplica de Cristiano Ronaldo de casi dos metros, con una pose pensada para acallar a una grada que en realidad no existía. La escena, bautizada como “máquina siuuuu”, generó curiosidad y fotos de quienes pasaban.
Lo más importante, sin embargo, era el “feeling” del día. El partido terminó 0-0 y Porto y Palmeiras no parecieron encontrarse con ganas de dominar. Aun así, se cumplió lo esencial: hubo fútbol, y el antes y el después dejó algo para recordar. En conjunto, se sintió como una verdadera salida.
El Club World Cup y el arranque del torneo real
- El sábado se jugó un partido de Mundial en el estadio de Nueva York/Nueva Jersey, en East Rutherford.
- Doce meses antes, el 15 de junio de 2025, el recinto vivió un ambiente muy distinto durante un partido que terminó 0-0.
- El torneo del año anterior se describe como una prueba poco exigente para la edición principal.
- Para el primer día del evento real, el ambiente se percibió “muerto”, con operación eficiente pero sin chispa.
Ese Club World Cup funcionó, en la práctica, como una preparación floja. Pero en el debut del formato principal en la región de Nueva York/Nueva Jersey —donde se disputará la final— la sensación fue distinta: el espectáculo pareció desprovisto de alma. Todo fue correcto en lo operativo: personal disponible, flujos controlados y un funcionamiento que no falló con la multitud. El problema estuvo en la energía del día de partido, que quedó diluida entre el interés corporativo, el control de aforos y los perímetros de seguridad.
Caminar alrededor de MetLife suele llevar tiempo. El estadio es enorme y se construyó en terrenos húmedos entre Nueva York y Newark, como si fuera una nave industrial dejaba huella en medio del pantano. El sol pega fuerte sobre el asfalto, pero durante el otoño e invierno el estacionamiento suele ser otra historia: apenas se ve el piso por la cantidad de autos, abundan las latas y se reparten parrillas y neveras. Con sus fallas —muchas— el lugar resulta ideal para hacer previa.
Ese formato encaja con el fútbol, porque en esta cultura el ritual previo importa. Incluso en estadios estadounidenses, los hinchas han sabido convertir la antesala en fiesta. El ejemplo reciente apareció en la Sports Illustrated Arena: un amistoso donde los seguidores colombianos llenaron el entorno y lograron un ambiente animado antes del pitazo inicial.
Ahora bien, FIFA no prohibió de manera directa el “tailgating”. El problema fue el montaje del día: grandes sectores del estacionamiento de MetLife se reasignaron para personal de apoyo y logística del evento. También se utilizó una parte relevante para bajadas y servicios de transporte compartido. A eso se suman seguridad, medios y policía, que ocupan espacio y cambian la dinámica. El perímetro es amplio y probablemente responde, al menos en parte, a lo ocurrido en la final de la Copa América de 2024. El resultado: la previa se siente apagada.
El sábado, en lugar de una aventura hacia el estadio, la experiencia se pareció más a un traslado largo y gastador. El trayecto no solo consumió tiempo: drenó energía antes de llegar al recinto.
El recorrido desde Penn Station y el control del acceso
Para quienes salen desde la estación Penn Station de Nueva York, el proceso tiene varias etapas. Primero deben tomar NJ Transit hasta Secaucus Junction, un punto de conexión ubicado prácticamente al otro lado del límite estatal. Luego, ya con destino a Meadowlands, abordan el tren habilitado para el día del partido.
En otras ocasiones, esa combinación se ha descrito como confusa. En esta oportunidad, la operación fue más clara. El viaje fue caro —98 dólares por boleto ida y vuelta por persona—, pero no especialmente enredado. Un trabajador de NJ Transit, al que le pidieron cubrir turnos extra por el Mundial, comentó que era “bueno ver tantas camisetas”.
La ruta de acceso incluyó indicaciones para concentrarse en el cruce de 32nd y 6th en Midtown. Allí hubo verificación de entradas dos veces, paso por controles de seguridad, entrega de pulseras ajustadas y un nuevo chequeo. Durante el trayecto de aproximadamente una hora también se exigió mostrar esas pulseras en puntos regulares. Si existían dudas sobre gente sin boleto intentando colarse, el circuito buscó disiparlas.
El inconveniente aparece cuando todo se administra con tanto rigor: queda poco margen para la espontaneidad. Las hinchadas suelen llevar un desorden controlado, con cánticos que crecen, con grupos que se congregan, caminan, cantan y van creando impulso por el camino. En este desplazamiento, la escena fue más plana. Hubo algunas latas de cerveza en bolsas de papel —un guiño nostálgico—, pero los cánticos se frenaron antes de tomar fuerza. No se vieron tambores, ni marchas hacia las puertas de control, ni la sensación de que la multitud fuera ganando protagonismo sobre la ruta. Lo eficiente estuvo, sí. Lo vibrante, no.
Quizás el anfitrión y el organismo global asumieron ese costo como parte del plan. El armado del evento se describe como un proceso complicado. En algún momento, el precio del tren —habitualmente 12,90 dólares ida y vuelta— estuvo previsto en 150 dólares. Luego bajó a 105 y después a 98. En la práctica, el partido terminó saliendo 50 dólares menos por persona que meses atrás, con un control más estricto y un circuito más vigilado.
Ese contexto se mueve entre tensiones adicionales. El comité anfitrión de Nueva York/Nueva Jersey se considera un asunto enredado desde hace meses. En el tablero aparecen cuatro actores: el estado de Nueva York, el estado de Nueva Jersey, el gobierno de la ciudad y FIFA. Se señala que Nueva Jersey se ha mantenido firme en su negativa a negociar con el organismo. El punto más reciente habría sido cuando el fiscal general del estado, en conjunto con el de Nueva York, emitió una citación para pedir explicaciones sobre los precios elevados de entradas en el estadio de Nueva York/Nueva Jersey. Si eso deriva o no en algo, se plantea como secundario: por ahora, representa el nivel más cercano a una guerra abierta.
Mientras tanto, hubo sectores más dispuestos al diálogo. Zohran Mamdani, que además de ser aficionado promueve la conversación, dijo que está dispuesto a reunirse con el presidente de FIFA, Gianni Infantino. Se indicó que, desde el entorno del alcalde, se destacó una relación cercana entre ambos que habría ayudado a conseguir logros importantes para la ciudad de Nueva York. Esos resultados se vieron el sábado: 1.000 hinchas pagaron apenas 50 dólares por sus entradas, fueron trasladados gratis al estadio en autobús y, además, el gobierno facilitó una fiesta para ver la final sin costo y zonas de aficionados en los distintos distritos durante el torneo. Inicialmente, FIFA había anunciado zonas con entrada paga de 10 dólares en diciembre del año anterior.
Ese cruce de intereses dejó un viaje singular. Y el partido, a su manera, siguió una lógica parecida.
Brasil y Marruecos: control, pero poco brillo
Brasil contra Marruecos, en teoría, es un cruce que suele ofrecer el mejor sabor de la fase de grupos dentro de un torneo inflado. Sin embargo, el equipo brasileño de esta edición no se ajusta al molde de otras etapas. Con Carlo Ancelotti al mando, se describe la capacidad para construir un bloque sólido. Él llegó para dirigir, en términos generales, un plantel con varios futbolistas brasileños que desarrollan su carrera en Europa. Sus dos figuras más destacadas entrenan en Real Madrid y Barcelona, respectivamente. Aun así, su perfil ha sido siempre más defensivo que vistoso. Brasil no aparece como un equipo “sexy”, pero sí como un conjunto resistente. Neymar, ubicado tan cerca del ritmo del samba como sea posible, no llega en plenitud física; aun así, estuvo por una razón casi inevitable: su presencia se considera necesaria para que el espectáculo mantenga su tono.
Marruecos, por su parte, se ubica entre los mejores equipos de África y fue una de las grandes referencias del Mundial de 2022. Además, cuenta con un puñado de talentos de nivel mundial. Durante los primeros 20 minutos, Marruecos dominó el trámite y golpeó a Brasil: Achraf Hakimi bajó por la banda derecha con velocidad, como si tuviera resorte, mientras Ayyoub Bouaddi —canterano del Lille— se movió con inteligencia en el centro, esquivando y bailando entre la pierna larga de Bruno Guimaraes y Casemiro. Brahim Díaz fue clave en el proceso y participó con una asistencia para Ismael Saibari, futbolista de PSV, que a los 21 minutos superó a Alisson con un remate levantado.
Hay debate frecuente por las pausas de hidratación en los Mundiales. Pero con calor superior a los 30 grados, el argumento de la necesidad se entiende con facilidad. Y, según lo que ocurrió dentro del campo, lo que Ancelotti pidió en el descanso funcionó. En los últimos 20 minutos del primer tiempo, Brasil se mostró distinto. Vinicius Jr marcó a partir de su primera ocasión clara: recortó hacia adentro desde el lado de Hakimi y envió el balón a la parte alta del arco. En ese momento, la tribuna brasileña, sorprendentemente silenciosa tras un inicio lento, reaccionó con fuerza.
Desde allí, el partido debió encenderse. Dos selecciones con capacidad de competir arriba parecían listas para pelear por el liderato del Grupo C. Pero el encuentro se fue apagando bajo el sol del verano. Ambos técnicos realizaron cambios, aunque el segundo tiempo dejó apenas una gran ocasión combinada. Tras el partido, Ancelotti sostuvo que el punto le parece aceptable y que no hay que pedir más: “Es el resultado que teníamos. No es malo… no ganas un Mundial basándote en tu primer partido”.
El juego encajó con el día. No hubo incidentes grandes, se cumplieron los mínimos y el trámite fue correcto. Pero nada del entorno se sintió especialmente especial: todo fue ordenado, habitual, normal. Quizá ese sea el tipo de Mundial que FIFA consigue ofrecer, al menos en los días de partido. Los videos de hinchas escoceses copando Fenway Park y una historia viral de un alemán descubriendo Waffle House añadieron encanto y mostraron que Estados Unidos puede ser un gran destino vacacional.
La pregunta es qué papel juega el día de partido en ese relato. Un aficionado brasileño, después de ver cómo su sección se vació por decisiones de seguridad ante reportes de que algunos estaban sentados en lugares incorrectos, lo explicó como un tema cultural. “Esto es América. No entienden la cultura. Ven tambores, ven gente de pie sobre los asientos. Es demasiado”, señaló.
Un portavoz de FIFA indicó que la policía estatal protegió a los hinchas con boleto para esa zona y retiró a quienes se ubicaron donde no correspondía.
Queda por ver si ese episodio habla de algo más profundo sobre el recinto. Fue un solo encuentro en un solo estadio, pero también funcionó como lo que muchos llaman “día inaugural” del lugar que albergará la final. Y, comparado con lo que pasó 12 meses antes —cuando un partido con menos peso en la balanza dejó más vida— el contraste resultó marcado con la imagen quieta que se veía desde la altura.
En realidad, no parecía ocurrir demasiado en ningún sentido. Más allá del precio y de la logística, la monotonía fue el pecado más duro. El estadio puede estar listo para recibir, pero el fútbol necesita algo más que un circuito impecable: necesita que el día se sienta de verdad.