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Estados Unidos y el reto de medir su “generación dorada” ante Bélgica y Portugal

Nicolás Vargas
Por Nicolás Vargas
10 junio 2026 12 min de lectura

“Somos Estados Unidos”, sentenció. Y añadió que el reto real no está solo en participar, sino en medirse con selecciones que suelen tener jugadores asentados entre los mejores del mundo: Bélgica y Portugal, por ejemplo, cuentan con futbolistas que aparecen con frecuencia en ese top. Para la generación estadounidense, ese contraste funciona como acicate: jugar contra ese tipo de rivales es, precisamente, la forma de demostrar de qué están hechos.

Fue, entonces, un golpe de realidad sobre el nivel. También sonó a advertencia para una camada de estrellas americanas que, aun con el paso del tiempo, todavía tiene cuentas pendientes por saldar. En la narrativa del fútbol de Estados Unidos, el “ya logramos mucho” convive con la necesidad de dar un paso definitivo en escenarios grandes.

At a glance: el camino hacia el Mundial 2026

  • La selección estadounidense se mide con rivales como Bélgica y Portugal para confirmar su nivel.
  • El grupo actual incluye a jugadores que hoy representan a clubes como AC Milan, Juventus, Mónaco y PSV.
  • En el Mundial 2022, el equipo superó la fase de grupos y cayó en octavos ante Países Bajos por 3-1.
  • El ciclo previo al Mundial 2026 arrancó tras el fracaso de 2018, con un cambio de rumbo en 2017.
  • La etapa de Mauricio Pochettino comenzó tras la eliminación temprana en la Copa América 2024.
  • En la Liga de Naciones CONCACAF 2025, Estados Unidos perdió con Panamá en semifinales y con Canadá en el partido por el tercer puesto.
  • El texto plantea que el destino de esta “generación dorada” se definirá dentro del Mundial 2026.

El contexto es claro: casi una década ha pasado desde que empezó a asomarse la llamada “generación dorada”. Y, en cierta medida, ya se ganó el apodo: hay estadounidenses en planteles como AC Milan, Juventus, Mónaco y PSV. Durante años, el fútbol estadounidense peleó por respeto en Europa, y este grupo, con sus logros, ayudó a construirlo con trofeos de alto nivel.

Sin embargo, en casa persisten dudas sobre si esa promesa se traduce en dominio colectivo. Aunque como individuos llegan alto, el éxito de conjunto todavía cuesta. En el plano internacional, este USMNT no ha superado del todo a sus predecesores: el talento está, pero la historia ganadora aún no termina de escribirse en los grandes capítulos.

De todas formas, en el fondo, el debate tiene un único foco. Esta camada fue “formateada” para un instante concreto: un torneo. Mientras el Mundial de 2026 se acerca y se juega en territorio estadounidense, se instala la idea de que este es el momento para dejar legados y, quizá, empujar el juego hacia adelante de manera permanente.

La paciencia con excusas terminó. Ya no es un grupo de jóvenes que busca su lugar, ni hombres que pasan desapercibidos por falta de experiencia: el tiempo de subestimar o de ignorar a esta generación se acabó. Todo parece alineado para el verano, cuando la mayoría de las figuras del fútbol de Estados Unidos entrará al gran escenario en su mejor momento.

La gran pregunta, entonces, es si esa generación puede volverse realmente “dorada”. Es la trama que define al fútbol estadounidense no solo para los próximos meses, sino para toda la década que está marcando el antes y el después.

El punto de quiebre: 2017 y el inicio del proceso

Para entender cómo se fabrica una “generación dorada”, hay que regresar al origen. En el caso del USMNT, el detonante llega en 2017, aunque la base ya se había comenzado a sembrar con anterioridad. El 10 de octubre de 2017, la selección se quedó sin boleto para el Mundial 2018 tras una noche pesadilla en Couva.

La derrota ante Trinidad y Tobago se convirtió en el peor momento del programa. No hubo excusas, ni justificaciones, ni explicaciones capaces de maquillar el golpe. Fue un instante que exigía cambiar la dirección del fútbol estadounidense, y ese cambio, con el tiempo, se fue materializando.

Un mes después del tropiezo, el equipo se reunió en Leira, Portugal, con la intención de pasar página. En ese campamento llegaron los debuts de dos jugadores que más adelante serían rostros de esta selección: Tyler Adams y Weston McKennie. Junto a Christian Pulisic, que venía de ciclos previos en el fútbol juvenil, ambos recibieron —de forma casi simbólica— la responsabilidad de tomar el relevo.

McKennie estrenó su participación con un gol y tenía 19 años; Adams, en cambio, contaba con 18. Adams recordó que ese llamado, después de no clasificar al Mundial, funcionó como un “despertar” compartido. Señaló que el cuerpo técnico necesitaba a ambos para modificar la narrativa sobre qué es el fútbol estadounidense y cómo se entiende su nivel.

En su relato, además, apareció el detalle humano: en ese campamento coincidieron como compañeros de cuarto y vivieron el momento con una mezcla de confianza y asombro. Mirando hacia atrás, admitieron que sí eran “esos chicos” que estaban llamados a cambiarlo todo, y que el proceso transformó muchas cosas.

Con los años, el rompecabezas fue completándose. Pulisic ya estaba asentado en el ciclo anterior. Luego llegaron Tim Weah y Antonee Robinson en 2018. Un año después apareció Sergino Dest, y en 2020 arribaron Brenden Aaronson, Chris Richards, Gio Reyna, Mark McKenzie y Yunus Musah.

En 2021, Matt Turner y Ricardo Pepi impactaron desde el debut. Ya en 2022, se sumaron Joe Scally, Haji Wright y Malik Tillman. La selección fue construyendo un nuevo grupo, impulsado por futbolistas en la veintena, con hambre de demostrar. Y su primera oportunidad real de validarse llegó en Qatar.

Allí arribaron en noviembre como uno de los equipos más jóvenes del torneo, preparados para su primer examen serio ante lo mejor del mundo. El Mundial 2022, al final, permitió decir que el USMNT cumplió expectativas y, en cierto sentido, incluso estuvo por encima de lo que muchos imaginaban.

En la fase de grupos, sobrevivieron y lo hicieron con margen. Podrían y hasta deberían haber vencido a Gales en el duelo inicial, pero un penal tardío les obligó a empatar 1-1. Después, en el choque de ida y vuelta contra Inglaterra, el mediocampo se midió de igual a igual y el partido terminó 0-0.

El capítulo decisivo llegó ante Irán, donde el protagonista fue Pulisic. Se arremangó para forzar el gol y sellar el boleto a la fase eliminatoria con un gesto de entrega total.

Octavos ante Países Bajos: el nivel se cobra errores

En octavos contra Países Bajos, el USMNT entendió que existen escalones. Los fallos que en la fase de grupos no habían costado caro, esta vez fueron castigados de forma contundente por el rival. El resultado final fue 3-1 para los neerlandeses, y dejó una lección para un equipo joven: podía ser bueno, pero todavía le faltaba ser grande de manera sostenida.

Gio Reyna describió la diferencia con claridad: en ese momento el grupo era muy joven y con cierta falta de experiencia. Enfrentaron a un conjunto neerlandés con más rodaje, mejor lectura del partido y mayor astucia; y, en ese sentido, el castigo terminó siendo casi demasiado.

Reyna, además, fue uno de los ejes emocionales de ese Mundial. La ruptura en su relación con el entrenador Gregg Berhalter quedó marcada como un capítulo infame. Aun así, el mediocampista dejó claro que quiere mirar hacia adelante: aprendió, creció y, según dijo, también lo hicieron sus compañeros.

Con el paso del tiempo, el plantel de Estados Unidos ha cambiado, pero el bloque central, en gran parte, se mantuvo. Esa continuidad, en algunos momentos, fue un beneficio; en otros, un freno. En este ciclo, el “lado oscuro” terminó imponiéndose a mitad del proceso, por lo que se decidió traer a Mauricio Pochettino para reiniciar y construir desde otra base.

Los primeros meses posteriores al Mundial 2022 fueron irregulares. El contrato de Berhalter finalizó y, en medio de la disputa pública con la familia Reyna, la federación aprovechó para replantear el rumbo. Tras evaluar durante gran parte de 2023, Berhalter regresó con el objetivo de conducir al equipo hacia un segundo ciclo y el Mundial en casa.

Pero el plan no salió como se esperaba. Tras quedar eliminados en fase de grupos en la Copa América 2024, convirtiéndose en los primeros anfitriones en despedirse tan temprano en el certamen, se cerró la etapa de Berhalter. Pocos meses después, con la atención lógica de la afición, comenzó el ciclo de Pochettino.

El inicio fue alentador: llegaron victorias en distintos campamentos. No obstante, en marzo de 2025 la situación se derrumbó en la final de la Liga de Naciones CONCACAF. Las derrotas ante Panamá en semifinales y ante Canadá en el duelo por el tercer puesto marcaron la primera vez que Estados Unidos no lograba quedarse con ese título. Además, sacudió el ambiente y provocó un “reinicio cultural”.

Dentro de ese reajuste, Pochettino aseguró que parte del mensaje fue recordar que ningún puesto está garantizado. Con o sin “generación dorada”, cada futbolista debía ganarse el lugar. El entrenador pidió cambiar actitudes y que el compromiso y el esfuerzo tuvieran recompensa. También exigió descartar la idea previa de que el plantel del 2026 sería solo una versión ajustada del grupo que estuvo en 2022.

El propio Pochettino lo explicó: si alguien llega al campamento con la intención de pasar un buen rato, jugar golf, ir a cenar o visitar a familiares y amigos, esa no es la cultura que se quiere construir. Lo que se busca, dijo, es llegar a la selección enfocados, concentrar toda la energía en el trabajo del equipo nacional. Para ser mejores en el plazo de un año, subrayó que el día de hoy es el más importante.

A pesar del enfoque renovado, la preparación para la Gold Cup 2025 no salió como se esperaba. Pulisic pidió quedar fuera del torneo, pero manifestó que sí quería jugar en dos amistosos previos. Pochettino no cedió y lo dejó fuera por completo, iniciando así un intercambio público importante con la figura central del programa.

Musah también solicitó quedarse en casa. Sin embargo, no regresó después y terminó sin entrar en la convocatoria para el Mundial. McKennie, luego de disputar el Mundial de Clubes durante el verano, tampoco se presentó al campamento de septiembre. Scally y Reyna tardaron en volver y se incorporaron en otoño.

Mientras tanto, llegaron caras nuevas que aprovecharon su oportunidad. Folarin Balogun se incorporó antes en el ciclo y ya estaba consolidado desde antes de 2025, pero nombres recientes como Alex Freeman, Sebastian Berhalter y Matt Freese ganaron protagonismo con su rendimiento en la Gold Cup. Con eso, se convirtieron en aportes constantes y, finalmente, en piezas clave del plantel para el Mundial.

El resultado fue un USMNT más competitivo, con la certeza de que no basta con la reputación ni con los laureles. Durante años, el objetivo de Gregg Berhalter fue empoderar a los jugadores y hacer que se sintieran imprescindibles para definir el rumbo del fútbol estadounidense. Pero, según se plantea en el texto, esa misma idea derivó en comodidad, y por eso Pochettino necesitó desarmar y volver a armar el sistema.

De todos modos, el ciclo anterior también dejó efectos positivos que todavía pesan, sobre todo en las relaciones construidas entre futbolistas que vivieron el proceso completo.

Mientras el plantel se concentraba en Atlanta antes del Mundial, todos se unían con entusiasmo por un compañero. Aaronson se casaba y, después de recibir el visto bueno del entrenador, pudo abandonar el campamento por menos de 48 horas para asistir a su boda. Fue el último hecho personal en una cadena larga de momentos de vida para un grupo que ya atravesó varias etapas.

Aaronson, como muchos de los integrantes del bloque consolidado, ya es esposo. Adams, Richards, Turner y McKenzie figuran entre los papás del plantel. Además, jugadores cambiaron de club, en ocasiones entre países distintos, y vieron modificarse su vida fuera del campo. En medio de todo, para muchos el USMNT siguió siendo el punto constante.

Cuando ese eje pareció volverse un poco menos seguro por la exigencia de Pochettino, todos se movieron para regresar. No era un capricho: era demasiado importante como para quedarse afuera.

Weah habló de la emoción de ver a “sus chicos” de vuelta. Mencionó que él y Wes [McKennie] mantienen una cercanía cercana, y recordó que antes solía visitar su casa con frecuencia. Subrayó que su vínculo como hermanos es algo bonito y que se mantendrá incluso cuando no estén jugando juntos. También destacó el tipo de relaciones que se forman dentro del campamento: dijo que es un grupo muy unido, con gente que conocieron desde niños.

En esa misma línea, Weah explicó que él y Tyler [Adams] fueron rivales cuando eran adolescentes, hasta que Tyler lo convenció para llegar a los Red Bulls. Remarcó que Tyler era el mismo “bruto” de entonces que el de ahora, y que básicamente crecieron juntos.

Reyna, por su parte, añadió que a todos les gusta estar con el resto del equipo. Lo que más disfruta, según dijo, es volver: dentro del campo se nota que juegan para los demás cada vez que disputan un partido.

Este verano, sin embargo, la motivación cambia de escala: ya no es solo para el grupo o para la amistad, sino para el país. Y eso implica entender qué pesa la camiseta.

El texto insiste en que este equipo tiene un lugar claro dentro del legado del Mundial. El fútbol todavía crece en Estados Unidos, y la oportunidad de acelerarlo este verano es única. Si el deporte va a dar un salto sísmico, probablemente tendrá que ser en 2026. En ese escenario, los jugadores cargan sobre sus hombros no solo las expectativas personales: también llevan un país y la posibilidad de transformar el futuro.

Richards tomó conciencia de ese impacto en un viaje reciente a casa. Al hablar con un padre en Alabama, escuchó un mensaje directo: nunca imaginaba lo que haría el fútbol en Birmingham para los niños, porque muchos no hubieran agarrado un balón de no ser por ver que era posible. Richards afirmó que para él ese significado supera cualquier trofeo o cualquier partido ganado: demostrar que también se puede venir de lugares similares es lo que más valora.

Ese es un motivo clave de lo que el equipo hace en lo cotidiano. Por eso se mantuvieron activos sin limitarse a “estar en el campo”: tras el entrenamiento abierto del lunes en Irvine, se dedicaron a firmar autógrafos con paciencia. También se explica por qué no evitaron entrevistas, la creación de contenido o la búsqueda de oportunidades de patrocinio durante meses. Es una ventana para capturar atención pública dentro y fuera del país, algo que no aparece todos los días.

Turner resumió el sentimiento de responsabilidad. Dijo que los jugadores del USMNT sienten esa carga cada vez que pisan el césped: hacer crecer el deporte, acercarse a la comunidad y seguir peleando. También señaló que existe una etiqueta alrededor del mundo —la idea de que Estados Unidos no sabe lo suficiente—, pero que la realidad es que hay mucho amor por el fútbol en el país.

El mensaje final fue que representan a su selección globalmente en cada partido y que en un Mundial ese rol puede ser definitorio, incluso capaz de cambiar el juego que el país ama. Para Turner, la obligación no depende de un momento: existe siempre, aunque este verano tenga un peso extra.

Con todo esto, surge la pregunta grande: ¿están listos? ¿Esta “generación dorada” está preparada para asumir la responsabilidad que viene construyéndose desde hace casi ocho años? Y, sobre todo, ¿cómo se mide el éxito?

El instante en Qatar, cuando el USMNT bajó del campo, dejó razones para un optimismo enorme. Pero tres años y medio después, el progreso no ha sido lineal, y el texto lo define con dureza: la evolución no fue de forma sencilla. Podría decirse que este equipo es el mejor que Estados Unidos ha juntado, aunque también existe la posibilidad de que no sea tan distinto al de cuatro años atrás.

Las “generaciones doradas” y los legados no se escriben entre Mundiales: se definen en ellos. Los tropiezos del ciclo hacia 2026 podrían quedar como notas al pie si el equipo logra una carrera profunda en el torneo. La historia de este grupo no se redactó en la Liga de Naciones ni en la Gold Cup; se escribirá en las próximas dos semanas, con partidos ante Paraguay, Australia y Turquía, y quizá continúe en días y semanas posteriores.

Ese Mundial aparece como la culminación de un recorrido de casi nueve años. El proceso empezó cuando Estados Unidos “quemó todo” tras quedarse fuera del Mundial de 2018. Los jugadores fueron preparados para este instante, y la generación que emerge es la que, según el planteamiento, puede cambiar para siempre el fútbol estadounidense.

La pregunta final queda abierta, pero con fecha de respuesta cercana: ¿podrán hacerlo? ¿Y, más importante todavía, lo lograrán? El desenlace llegará pronto.

Nicolás Vargas
Autor

Nicolás Vargas

Periodista deportivo y especialista en fútbol, Nicolás Vargas combina rigor informativo con lectura fácil. Analiza partidos, sigue el mercado de fichajes y traduce la actualidad deportiva en noticias útiles para el aficionado.

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