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World-cup

La afición inglesa cambia el ambiente en Dallas con el toque de Oasis

Nicolás Vargas
Por Nicolás Vargas
18 junio 2026 8 min de lectura

En Dallas, el “rodeo” se siente como manda el guion: sombreros de vaquero, cerveza bien americana, música country a todo volumen y el ajetreo propio de una fiesta popular. Pero el martes por la noche, durante unos minutos extraños y breves, el ambiente cambió de dueño. Los aficionados ingleses apagaron el remolino estadounidense y lo sustituyeron por su propia banda sonora: dejó de sonar el tono del rodeo y comenzó Neil Diamond con una interpretación incómoda —una versión de “Sweet Caroline”— que en Inglaterra se ha convertido en un himno oficioso ligado a sus campañas en torneos.

Datos clave del viaje y el partido

Aspecto Dato Contexto
Ciudad y escenario Dallas (Arlington, previo y acceso al estadio) Ambiente previo cambió de silencio a euforia
Recorrido de aficionados Partidos de fase de grupos en Dallas, Boston y Nueva York; ~2.000 millas solo en esos tres juegos Traslados largos, estilo “vacaciones” para los más fieles
Resultado en el césped Inglaterra 4-2 (2-2 al descanso) Marcadores: Bellingham y Rashford; Inglaterra cerró con remontada
Gasto estimado Taylor: justo por debajo de 600 dólares; Sweeney: casi 30.000 dólares (y calcula £5.000 extra) Incluye entradas, viajes y alojamiento; diferencias por planificación

Después, todo volvió a la normalidad: la música, el ruido y el olor del lugar recobraron su ritmo habitual. Y en ese contraste, precisamente, se resume lo que está ocurriendo con Inglaterra y Dallas. Estados Unidos es el país más estereotípicamente “americano” dentro del imaginario, y los seguidores ingleses lo han adoptado con naturalidad. En el camino, el ruido alrededor de los hinchas británicos suele ser más bien negativo, pero en esta experiencia —propia de un Mundial con sabor internacional— el recibimiento se siente distinto.

Howard Taylor, un aficionado destacado de Inglaterra, explicó cómo vive la ciudad desde el asombro: se ha hecho con una camioneta Dodge Ram “gigante”, de motor de 2,5 litros, y la conduce por Texas. “Se sintió muy, muy americano para mí”, afirmó, mientras se tomaba un respiro en un lounge en Galveston.

Para los seguidores, los torneos grandes siempre traen un reto logístico. En otros lugares, la concentración suele ser más compacta: hay un “punto base” y los desplazamientos entre sedes resultan relativamente cortos. América es otra historia. Inglaterra jugará sus tres partidos de fase de grupos en Dallas, Boston y Nueva York, y solo esos trayectos ya suman alrededor de 2.000 millas. Para el hincha ocasional, es un dolor de cabeza; para el seguidor más leal, se transforma en excusa perfecta para tomarse un descanso y convertir el calendario en vacaciones.

Taylor detalló su plan con una lógica de largo aliento: “Ha sido un viaje larguísimo. Llegué a Estados Unidos el 21 de mayo y no pienso irme hasta que Inglaterra pierda. De manera provisional, tengo comprado un vuelo desde Nueva York, un par de días después del final”.

Su aventura empezó a finales de mayo: voló a Orlando con sus hijos y sus nietas, con la idea de quedarse 17 días. Sin embargo, metió una escala inesperada para viajar a Leipzig y ver a su equipo, Crystal Palace, levantar la UEFA Conference League. El episodio generó confusión durante el control migratorio en EE. UU.: a los agentes les costó entender por qué alguien podía salir 60 horas a otro país y regresar con una mochila, especialmente cuando Taylor llevaba puesta la camiseta del conjunto londinense. Uno de los funcionarios, además, era hincha del Atlético de Madrid y sí “entendió el fútbol”.

El viaje siguió encadenando paradas: Key Largo, luego Key West, después Miami, Galveston y finalmente Dallas. “Obviamente hay camioneta”, señaló la ruta, con futuras paradas en Texas para aprender sobre historia del estado. Luego vendrían los saltos hacia Nueva York y Boston.

Toronto aparece como siguiente opción, si se confirma como destino probable para los octavos de final. Aun así, Taylor contempla el plan B: si hace falta, reservaría vuelos a Miami. La única certeza final es el regreso, previsto “después de la final”. Y, con una risa, remató: “¿Es mental, no?”

Su locura no es nueva. El primer partido de Inglaterra fuera de casa para él fue en Múnich, para ver cómo la selección goleaba a Alemania por 5-1. En ese momento atravesaba un divorcio, y para sostenerse emocionalmente decidió unirse al club de viajes de los supporters ingleses. Desde 2007 solo se le escapó un encuentro como visitante. Este sería su sexto Mundial. Además, su nombre ya tiene “reputación” entre los seguidores: participó en un quiz por Zoom durante el confinamiento contra el entonces seleccionador Gareth Southgate (y ganó). En la Eurocopa 2012, incluso se disfrazó de Freddie Flintstone y cargó contra unas 150 policías antidisturbios, completamente caracterizado.

“Sobreviví para contarlo”, comentó con ironía.

Pero Taylor no viaja solo. Tanya Sweeney también convirtió el Mundial en una forma de conectar con su hijo. Hace 11 años se convirtió en madre soltera de su joven, hoy de 18 años. Vivían fuera del Reino Unido, aun así lograron conseguir entradas para el Mundial de Qatar 2022 y “gastaron fuerte”. En el camino, le sugirieron que tal vez podría encontrar boletos más accesibles si seguía buscando mientras viajaba.

“Se ha convertido básicamente en un hobby que Josh y yo compartimos. No es como que yo lo llevaría a paintball o cosas así. No se me ocurre nada peor”, dijo Sweeney.

Así, su gira familiar se extendió por Europa. Fue a Alemania para la Eurocopa 2024. Y ahora, en este verano, le toca Estados Unidos. Hasta el momento, la experiencia ha sido positiva en todos los sentidos: para ella, esto tiene que ver con el fútbol, sí, pero también con las vacaciones.

El calendario, además, es intenso: rodeo en Dallas, una visita a Martha’s Vineyard en Nueva Inglaterra y un concierto de los años 80 con The Human League en Radio City, en Nueva York. Aunque ya conocía el país, mantiene una cierta “mitología” sobre Estados Unidos, y también un motivo muy claro para tomarse el descanso.

“Dallas es una ciudad nueva. También Boston. Nunca he estado en Boston. Me hace ilusión, pero da igual cuál fuera la sede: la ilusión es el viaje”, agregó.

Sin embargo, viajar a Estados Unidos en 2026 tiene realidades complejas que no se pueden ignorar. Los Mundiales siempre ponen en primer plano lo mejor y lo peor del país anfitrión. La percepción global del país, hoy, es mixta: hay quienes conocen los debates sociopolíticos que han rodeado el torneo.

Taylor reconoció que intenta ir con cuidado: “Tienes que ser bastante listo y tratar de no molestar a nadie. Y, bueno, soy muy cuidadoso. No he publicado nada desde que llegué”.

Otros son menos sensibles a ese debate. Sweeney comentó que hay mucha conversación sobre la situación política, con frases del tipo “no puedo creer que se celebre allí” o “¿por qué alguien querría ir a Estados Unidos?” y también advertencias sobre ICE. Aun así, dijo que no es algo que le pase por la cabeza: “He viajado bastante a Estados Unidos y, siendo honesta, eso no es lo que me viene a la mente”.

En su caso, el enfoque práctico también pesa: elige hoteles céntricos, paga más por quedarse en el corazón de la ciudad y cuida por dónde camina; se apoya en servicios de transporte. “Pero eso también lo hago aquí”, añadió.

La dimensión económica también aparece. Taylor ha logrado encajar en el England Traveling Supporters’ Group y obtuvo entradas preferentes por medio de FIFA. Si Inglaterra llegara al partido decisivo, el total que habría pagado sería ligeramente inferior a 600 dólares, con una ventaja adicional: se le reembolsaría por cada juego que los “Tres Leones” no alcancen a disputar.

Sweeney, en cambio, ya pagó el viaje completo. Sumando entradas, alojamiento y desplazamientos, calcula un gasto de casi 30.000 dólares, con el matiz de que viaja en business class. Además, estima que aún necesitará alrededor de £5.000 para comida y bebida.

“No me voy a poner loco, loco. Saldré a comer cuando me apetezca. Soy muy consciente de la salud. Soy instructora de fitness y quiero mantener el peso, así que no me voy a pasar cinco semanas comiendo hamburguesas todo el tiempo solo para gastar. Quiero seguir delgado”, explicó.

Eso sí: se pregunta dónde encontrar opciones realmente sanas en Texas, y admite que, a veces, quizá se limite a una ensalada de 7-Eleven.

Mientras tanto, miles de aficionados como ellos llegaron a Texas esta semana. Cuarenta y ocho horas antes del inicio del partido, Arlington se percibía casi fantasmagórico: la avenida principal, con dos locales de barbacoa, varios bares deportivos, una cafetería y el ayuntamiento, estaba en relativa calma. Apenas se notaban acentos moviéndose con el viento. El estadio de Dallas, además, está lejos del centro, como ocurre en muchos recintos estadounidenses: el lugar forma parte de la expansión de una gran ciudad texana.

Pero en las horas siguientes el murmullo creció. Las camisetas de Inglaterra comenzaron a aparecer con nombres del presente y de las leyendas: Kane, Beckham, Bellingham y Gerrard. El sonido aumentó, creció la presencia. Un detalle popular fueron los sombreros falsos de vaquero, con la bandera inglesa, colocados de manera cómica en muchas cabezas.

“Mi hija me los trajo”, dijo un hincha fuera del estadio, con una cerveza clara en la mano.

En general, la atmósfera fue festiva. Hubo reportes de que algunos seguidores ingleses fueron expulsados de un pub de Dallas la noche anterior, aunque parecieron ser casos minoritarios. En el fondo, la escena era una mezcla amable de choques culturales: sombreros y cervezas ligeras, con Oasis sonando desde pickups. Y al final, ese parece ser el objetivo: cuando los jugadores saltaron al campo, se escuchó la música que antes acompañaba a los Chicago Bulls de Michael Jordan por los altavoces. Todos se pusieron en pie, y esa reacción no se sintió fuera de lugar.

En el césped, el partido también dejó motivos para cantar. Inglaterra estuvo floja en el primer tiempo y encajó justo al borde del descanso, arrastrando un empate 2-2 al intermedio. En la segunda mitad encontró otra marcha: Jude Bellingham marcó y también lo hizo Marcus Rashford. Al final, el marcador fue 4-2 para Inglaterra, con una victoria que se percibió totalmente merecida.

Tras el pitido final, los jugadores permanecieron en el terreno de juego mirando hacia la afición visitante. Cantaban Oasis y muchos llevaban sombreros de vaquero. En las próximas semanas verán más partidos de este equipo, pero también terminarán mezclando fútbol con rodeos y conciertos: conducirán camionetas, volarán durante muchas horas y vivirán un torneo singular, lleno de retos y con demasiadas preguntas abiertas.

La conclusión, por ahora, es que Estados Unidos todavía tiene encanto. Y los primeros indicios apuntan a que, al menos para los ingleses, este Mundial podría ser abrazado con fuerza.

“Si hablas con cualquier aficionado inglés que viaja, te dirán que el fútbol es una parte pequeña del viaje. Es todo lo que pasa alrededor lo que importa”, resumió Sweeney.

Nicolás Vargas
Autor

Nicolás Vargas

Periodista deportivo y especialista en fútbol, Nicolás Vargas combina rigor informativo con lectura fácil. Analiza partidos, sigue el mercado de fichajes y traduce la actualidad deportiva en noticias útiles para el aficionado.

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