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La Copa del Mundo 2026: más ambición, más espectáculo y más emoción que nunca

Nicolás Vargas
Por Nicolás Vargas
11 junio 2026 7 min de lectura

Mae West, actriz y provocadora estadounidense, dejó una frase que resume a la perfección el tono del momento: “Si algo poco es excelente y mucho es todavía mejor, entonces demasiado ya es exactamente lo correcto”. Y eso, trasladado al deporte, parece la consigna de lo que se vive de cara al Mundial de 2026.

Bienvenidos a la Copa del Mundo de 2026: una versión del torneo construida sobre el exceso, sin precedentes en su escala. Aunque el certamen no trae todo desde cero —habrá novedades reales—, la sensación que domina el ambiente es que casi todo lo relacionado con esta edición viene “en más”: más equipos, más sedes, más miradas, más polémicas y más titulares.

Entre las transformaciones más claras está el formato: por primera vez habrá tres países organizando el torneo y, además, será la primera Copa del Mundo con 48 selecciones. A medida que se acerca el inicio, el relato que rodea la competencia no gira tanto en torno a lo nuevo, sino al tamaño de lo que ya está en marcha.

“Es complicado encontrar un antecedente para algo así”, comentó Tim Sisk, historiador, autor y profesor en la Universidad de Denver. Para él, la dificultad no solo está en la magnitud del evento, sino en una capa adicional de complejidad. “Esta edición tiene un nivel extra de complicación”, añadió.

Y tal vez esa forma de decirlo sea incluso amable. La historia previa a este Mundial se parece mucho a un guion muy estadounidense: Estados Unidos ha absorbido gran parte del aire mediático —con el guiño de que Canadá y México también abrirán las puertas del torneo— mientras, al mismo tiempo, convierte cualquier tema en algo más grande y más ruidoso de lo imaginable. La pregunta que queda es simple: ¿alguna vez se ha visto algo así? La respuesta, de momento, parece ser que no.

Las entradas, por ejemplo. En otros Mundiales siempre aparecieron dudas sobre disponibilidad o costos. Pero la escalada de precios en esta ocasión ha sido tan marcada que los asientos de la final habrían llegado a cotizarse por encima de los 40.000 dólares incluso antes de que comenzara el campeonato. Además, en el plano local, se abrió una investigación para determinar si los aficionados estaban siendo engañados por un nuevo sistema de comercialización vinculado a la plataforma de FIFA, la cual —según el esquema mencionado— obtiene una comisión por ventas directas y también por movimientos en el mercado secundario.

¿Y hubo algún dirigente de un país anfitrión que, al ver esos precios, expresara en términos claros que ni siquiera pagaría? En esta ocasión, el comentario habría sido directo. En términos generales, no se recuerda algo similar en otros anfitriones.

El debate sobre inmigración y visados para hinchas y futbolistas extranjeros tampoco nace ahora. En torneos grandes suele aparecer. Sin embargo, la diferencia radica en el contexto: Estados Unidos ha atravesado protestas civiles a escala nacional, además de episodios esporádicos de ataques violentos contra personas extranjeras. También se han reportado búsquedas telefónicas de visitantes para rastrear actividad en redes sociales contrarias al gobierno y restricciones de entrada particularmente duras para ciudadanos de cuatro naciones que participarán en el Mundial.

Con el desplazamiento ocurre algo parecido: a nadie le entusiasma cruzar un país enorme con todo lo que eso implica. Pero aquí el problema no se limita a retrasos. Se suma una subida fuerte en los precios de los vuelos asociada al combustible, y la competencia se jugará en un territorio donde la autoridad encargada de seguridad y protección opera con carencias de personal que llegan a afectar sistemas, mientras que la infraestructura aérea suele colapsar o sufrir serios tropiezos, especialmente cuando el verano trae condiciones climáticas complicadas.

Luego está el capítulo específico de Irán y el interrogante sobre si finalmente participará. ¿Ha sucedido en Mundiales anteriores que un equipo clasificado decidiera no saltar al campo? Ocurrió en otras épocas, sobre todo hace décadas, cuando los costos de viajar a través de océanos no eran necesariamente viables para todas las federaciones. Pero la razón de este caso —con un país calificado que sería atacado por uno de los anfitriones y que, además, estaría inmerso en un conflicto militar activo con ellos— no tiene comparación en la misma línea.

“Para los jugadores ha sido muy, muy difícil”, señaló recientemente un ex directivo de la federación iraní de fútbol. “Jugar un Mundial es el sueño de ellos. Pero no así”.

La crítica a los países anfitriones tampoco es una rareza. Ya sea por derechos humanos, por preocupaciones económicas o por señales de intolerancia cultural, el camino hacia torneos en sedes como Rusia y Qatar estuvo marcado por división. Sin embargo, el clima actual se percibe distinto, principalmente porque Estados Unidos se presenta ante el mundo como un caso especial, separado del resto.

Sisk fue más allá: “Antes hemos visto protestas, boicots y muchos conflictos internos; eso es lo más común. Pero ver este nivel de polarización y, además, la posibilidad de abusos de derechos humanos en una democracia —y en particular en la mayor democracia del planeta, según se la describe— creo que es lo que marca la diferencia más grande con respecto a lo que vimos en eventos anteriores”.

También hay que decirlo: parte de estas situaciones forman parte del precio de hacer negocios en Estados Unidos en el momento histórico actual. Y, al mismo tiempo, los beneficios de organizar el Mundial en Norteamérica son igualmente enormes. No se esperan problemas por recursos públicos gastados en instalaciones “de un solo uso”, esas llamadas “elefantes blancos” que se vieron en otras sedes.

Un ejemplo que se menciona es el estadio de Brasilia, en la capital brasileña, que terminó reconvertido en un depósito de autobuses con un costo que rondaría los 900 millones de dólares, porque no quedaron partidos después del torneo. La comparación se hace para dejar claro que algo así sería improbable en el caso de SoFi Stadium. Además, la mayoría de los recintos de este Mundial —varios de ellos asociados a escenarios típicos de la NFL— fueron concebidos para este tipo de eventos y, en general, se trata de instalaciones relativamente nuevas y modernas.

En cuanto a la oferta dentro del estadio, habrá alcohol legal y disponible para la venta tanto en instalaciones como en zonas de convivencia para aficionados. El alojamiento tampoco obliga a imaginar ciudades improvisadas con contenedores, como ocurrió en Qatar, ya que habrá opciones de hospedaje por todas partes, aunque con precios elevados. Y en transporte, aunque hay altibajos, existe al menos un caso que funciona: Filadelfia, donde cada aficionado puede volver a casa desde cada partido en el metro de forma gratuita.

Pero donde no funciona, el problema vuelve a ser el concepto de “tamaño”. Se cita el caso de aficionados de Nueva York que pagarían cerca de 100 dólares por un viaje de ida y vuelta de 18 millas entre Manhattan y Meadowlands, en Nueva Jersey: un incremento cercano al 700 por ciento respecto al costo habitual de unos 13 dólares.

Mientras crece el ruido en torno a cada tema, FIFA y su presidente, Gianni Infantino, han redirigido rápidamente el foco hacia el dinero que recibirá el fútbol: 871 millones de dólares que se repartirán entre las selecciones participantes este verano. Dentro de ese esquema, se menciona al menos 12,5 millones para cada país solo por clasificar. Para naciones más pequeñas, el impacto podría ser enorme: se citan casos como Haití, Curazao y Cabo Verde, con la posibilidad de financiar proyectos de base durante años.

Además, FIFA proyecta un presupuesto récord de casi 14.000 millones de dólares para el próximo ciclo de cuatro años. Infantino, según se menciona, suele presumir que gran parte de ese monto se regresa al deporte a través de iniciativas globales. Su línea de trabajo se ha sustentado en dirigir cada vez más recursos hacia tantas federaciones nacionales como sea posible, sin importar su tamaño o el interés histórico que hayan tenido por el fútbol. En paralelo, este enfoque —de manera no casual— también ha contribuido a sostener su poder dentro de FIFA, donde cada nación cuenta con un solo voto. El éxito del Mundial masculino se presenta como la pieza clave de esa estrategia.

Con esa misma idea, surge la pregunta inevitable: ¿se ha visto antes? ¿Ha usado Infantino ciclos previos para acercarse con reverencias a líderes mundiales que, además, fueran polémicos y que coincidieran con la celebración de grandes eventos de FIFA? Sí. No hace tanto tiempo que elogió la “profesionalidad” de Vladimir Putin y llegó a decir: “Nos enamoramos de Rusia” durante el Mundial de 2018.

Pero la duda es si lo ha hecho con tanta falta de pudor como en esta ocasión, con el presidente estadounidense Donald Trump. Hay debate, aunque algunos sostienen que el rápido impulso de un FIFA Peace Prize —un premio de paz creado sin criterios claramente identificables ni un proceso de votación definido— que Infantino entregó a Trump en diciembre, alrededor de tres meses antes de que Estados Unidos atacara a Irán, sirve como argumento en esa discusión.

“Todo mejorará” cuando empiecen los partidos, dijo recientemente un organizador del torneo.

Y esa promesa es casi un mantra en cualquier gran cita, especialmente en torneos con tanta complejidad como un Mundial o unos Juegos Olímpicos: los encuentros lo resuelven todo. Ya pasó en Qatar, en Rusia y en Brasil, y se espera que ocurra aquí también. El jueves, cuando el campeonato arranque en el Estadio Azteca de la Ciudad de México, la magia y la belleza del deporte más popular del planeta tomarán el control. Es casi seguro que el espectáculo será cautivador.

Entre los focos principales asoma la posibilidad de ver a Lionel Messi liderando al campeón defensor. Cristiano Ronaldo, todavía buscando encender su magia. A Estados Unidos, con una de las plantillas más talentosas de su historia. Inglaterra, intentando por fin cerrar una etapa. Y también los equipos que llegan con etiqueta de sorpresa, como Colombia y Ecuador, con la ambición de dar el golpe. En el apartado de jóvenes con proyección aparece España y su Lamine Yamal, que llega con estilo a la gran cita.

Habrá destellos. Habrá goles. También habrá sorpresas, tensiones y momentos de teatro en cada jornada.

En definitiva, será el Mundial más grande de la historia. En todos los sentidos posibles.

Nicolás Vargas
Autor

Nicolás Vargas

Periodista deportivo y especialista en fútbol, Nicolás Vargas combina rigor informativo con lectura fácil. Analiza partidos, sigue el mercado de fichajes y traduce la actualidad deportiva en noticias útiles para el aficionado.

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