La gira de historias: el asombroso impacto de Tim Lincecum en 2006
El béisbol es el deporte nacional por una razón, y en cada rincón del país la afición lo vive de una forma particular. Para celebrar el aniversario número 250 de la nación, una gira veraniega recorre Estados Unidos con historias de béisbol desde los 50 estados, y una de las más sorprendentes regresa a 2006, cuando un lanzador de aspecto poco común dejó una huella que todavía hoy se recuerda.
El juego que marcó una generación
Ken Knutson, ex estratega de los Washington Huskies y actualmente coach de rehabilitación de lanzadores para el ACL Royals, habló con la emoción de quien ha visto grandes brazos y sabe lo difícil que es reconstruirlos. Pero su referencia más clara se remonta al 31 de marzo de 2006, cuando observaba desde la banca de su equipo a Tim Lincecum, un prospecto de movimientos extraños y potencia innegable, dominar en el montículo contra el plantel de la UCLA.
Aquel día, el joven Lincecum puso a sufrir a una nómina universitaria que incluía 12 jugadores con futuro en el draft de las Grandes Ligas, de los cuales cuatro terminarían llegando a las mayores. En el juego, Lincecum ponchó a 18 rivales, no otorgó boletos y permitió apenas dos imparables. El primero llegó como un toque de arrastre que se coló en el cuadro, y el segundo fue un batazo de línea hacia el jardín derecho cuando ya había dos outs en el octavo inning.
Tras el encuentro, Knutson recordó que habló con el timonel de UCLA, John Savage, y le preguntó si alguna vez había presenciado algo similar. Para Knutson, no se trató solo de efectividad: fue dominancia total. “La mejor pitcheada que he visto”, resumió, insistiendo en que los bateadores “no tuvieron chance” y en que la combinación entre físico y repertorio fue determinante.
Un estilo “poco recomendado” que funcionó
Con el paso del tiempo, la historia sobre Lincecum adquirió ese tono de leyenda que solo aparece con los mitos deportivos. Se hablaba de un lanzador medido en alrededor de 5 pies con 11 pulgadas —aunque se menciona que probablemente era algo más bajo— con una recta veloz y un cambio de ritmo capaz de desarmar planes. Su origen, según se recordaba, era Bellevue, Washington, y su forma de lanzar parecía contradecir las limitaciones físicas comunes: melena larga que flotaba detrás como una capa y un brazo que describía trayectorias con apariencia elástica.
En las Grandes Ligas, su carrera terminaría con tres coronas de Serie Mundial, dos premios Cy Young y tres ocasiones liderando a la Liga Nacional en ponches. Pero antes de todo eso, cuando Knutson lo vio por primera vez en la preparatoria, lo describió con una imagen muy concreta: “Se veía como un jugador corto”, dijo, comparando su tamaño con algo más propio de un niño, y aun así reconocía que contaba con una buena curva para su edad.
Lo más llamativo era que la mecánica, por lo inusual, parecía guardarse como un secreto familiar. Su padre, Chris, trabajaba como ingeniero para Boeing y desarrolló una rutina para maximizar el torque y la velocidad, buscando que cada músculo se doblara, se soltara y se coordinara para entregar poder. Knutson señaló que el estilo se transmitió tal cual: “Él tiraba así toda la vida. Su papá lanzaba así. Tenía un hermano mayor que también lo hacía. En serio, literalmente se veían igual”.
La exigencia de esa mecánica era alta: requería fuerza, coordinación y sobre todo flexibilidad. Knutson remarcó que no era un movimiento que cualquiera recomendaría, pero que en el caso de Lincecum “funcionó”. De hecho, cuando lo reclutó, recordó una conversación clave con el papá del pitcher: le preguntó si pensaría en modificarlo. La respuesta de Knutson fue clara: no iba a tocarlo. El plan se limitaba a administrar cargas y definir las noches de salida.
De la escuela al dominio: números y rutinas
La estrategia rindió. Lincecum fue nombrado Jugador del Año en Washington del estado, luego de ponchar a 183 rivales en 91 2/3 entradas durante su último año de preparatoria. Después de incorporarse a la universidad, mantuvo la curva ascendente: en su primera temporada ganó el Novato del Año de Pac-10 y el premio al Lanzador del Año de la misma conferencia.
Además, siguió con una rutina que se convirtió en seña personal: comía hamburguesas antes de cada salida, un ritual que más tarde llevaría a las Grandes Ligas. En su campaña final universitaria, aumentó la producción con 199 ponches en 125 1/3 innings y dejó una efectividad de 1.94.
- En su último año de preparatoria: 183 ponches en 91 2/3 entradas.
- Reconocimientos en Pac-10: Novato del Año y Lanzador del Año en su primera temporada.
- En la temporada final universitaria: 199 ponches en 125 1/3 innings y 1.94 de efectividad.
- Rutina previa a cada salida: comer hamburguesas antes de lanzar.
Para Knutson, el motor de su excelencia no estaba solo en la mecánica o el tamaño, sino en la actitud competitiva. “Su capacidad para pelearse con el bateador”, explicó. Le encantaba la misión de ponchar, como si todo lo demás quedara en segundo plano. Knutson añadió que ese amor por el reto también se notaba fuera de los grandes escenarios: ya fuera en una Serie Mundial o en un entrenamiento después de Navidad, Lincecum respondía con la misma hambre.
El radar de los cazatalentos y la marca en el club
La mezcla de repertorio, impacto y estatura intimidaba a los rivales y confundía a algunos observadores. Knutson recordó una charla con Andy Stankiewicz, entrenador de USC y ex grande liga, quien en ese momento trabajaba como scout profesional. Stankiewicz le comentó que había visto a Lincecum la noche anterior y que quería calificar su recta con un “ocho” en la escala de 20 a 80, el rango máximo en ese sistema. También deseaba ponerle ese mismo número a su bola de ruptura, pero se frenó. “Soy scout de primer año y este es el mejor material que he visto en mi vida”, le habría dicho a Knutson.
A pesar de su complexión y de las mecánicas que a veces provocan temor en los equipos al evaluar un prospecto, los Gigantes escogieron a Lincecum con la selección 10 del Draft de 2006. En ese orden, lo hicieron tres lugares después de Clayton Kershaw y justo antes de Max Scherzer.
Más allá de lo que ocurrió en el campo —incluidas actuaciones como la del duelo contra UCLA y sus dos blanqueadas sin hits en las Mayores— Knutson lo recuerda como un jugador distinto, el “ratón de béisbol” que siempre quería estar en acción. Su relato fue concreto: salía a lanzar los viernes y luego buscaba relevar el domingo. Incluso después de iniciar, podía tirar desde poste a poste en los jardines del estadio, enviando la pelota más de 400 pies con facilidad.
“Era un ratón de béisbol. Le encantaba jugar y quería estar lanzando todo el tiempo”, dijo Knutson.
El legado pese a las lesiones y el impacto en la gente
Las lesiones terminaron pasando factura a Lincecum, alejándolo de su mejor versión demasiado pronto y quitándole parte de esa flexibilidad que convertía su cuerpo delgado en una especie de remolino en el montículo. Con todo, el efecto que dejó en el juego sigue vigente. En un estadio de los Gigantes todavía se ven aficionados con camisetas del 55 con su nombre, y en Washington a veces se escucha que el mejor juego que alguien haya presenciado fue precisamente el arranque de Lincecum contra UCLA en 2006.
También hay un legado directo en quienes llegan al béisbol profesional. Knutson señaló que muchos lanzadores jóvenes, sobre todo aquellos que no tienen la estatura de “seis pies y algo” que hace que los cazatalentos miren con más atención, suelen inspirarse en ese muchacho enjuto, de cabello largo saliendo de la gorra.
Pero, por encima de todo, para Knutson lo más importante fue lo que Lincecum significó para quienes compartieron el terreno con él. “Era muy popular con sus compañeros, y eso es literalmente de lo mejor que puedes decir de un jugador”, afirmó. Lo definió como un buen compañero, alguien que ayudaba al programa y que estaba dispuesto a hacer lo que fuera para que el equipo ganara. Y remató: aunque después tuvo una carrera brillante, lo más divertido para quienes lo seguían era ver cómo vivía el béisbol.