Lukaku marca el cambio y guía a Bélgica en el empate ante Egipto
SEATTLE—El duelo que prometía ser un “Salah contra De Bruyne” terminó dejando otra lectura: cuando el partido se trabó, el peso de la leyenda que menos se esperaba fue el que marcó la diferencia. En el Seattle Stadium, Bélgica llegó como favorita ante Egipto, pero durante gran parte del encuentro le costó encontrar chispas. La historia cambió cuando Romelu Lukaku apareció desde el banquillo y, sin necesidad de tocar mucho el balón, fabricó un gol decisivo para rescatar un empate 1-1.
Apenas 23 segundos después de salir en el segundo tiempo, el delantero belga se metió entre dos defensores y aprovechó su inteligencia de movimiento para forzar una desviación. Mohamed Hany terminó enviando la pelota hacia su propia portería, y así Lukaku firmó un empate que le daba a Bélgica aire para seguir en carrera. El entrenador Rudi Garcia había señalado la víspera del torneo que el atacante estaba “fuera de forma”, pero su entrada se volvió la jugada que definió el guion de una jornada que, además, parecía escrita para cerrar capítulos importantes en las carreras de varios protagonistas.
La tarde también tuvo a Mohamed Salah como protagonista. Para el futbolista, el escenario fue aún más simbólico: el lunes cumplió 34 años y fue quien condujo a Egipto al campo con la carga emocional de todo un país. Aunque el cuadro egipcio presume pedigrí continental, su historia en los Mundiales tiene una deuda pendiente: nunca había ganado un partido en la Copa del Mundo, y mucho menos había alcanzado la fase eliminatoria. Salah, acostumbrado a cargar con expectativas tanto en clubes como con su selección, comenzó a romper esa estadística con una asistencia que abrió el camino temprano.
Antes de que se cumpliera el primer cuarto de hora, concretamente a los 21 minutos, Salah sirvió el balón para que Emam Ashour anotara un gol inicial de gran factura. La ventaja parecía coherente con lo que estaba mostrando Egipto, que en Seattle se sintió cómodo asumiendo el papel de outsider y presionó con intensidad. Hossam Hassan, en su rueda de prensa previa, reconoció que su equipo “no se había presentado con la misma regularidad que otras selecciones”, pero remarcó que ya existe una generación que “pertenece” a este tipo de escenarios.
Egipto sostuvo esa valentía sobre el césped y llegó incluso a complicar a Thibaut Courtois antes del descanso. Mostafa Zico y Omar Marmoush, del Manchester City, obligaron al arquero belga a intervenir con atajadas para mantener el marcador bajo control. Aunque Salah no estuvo en su mejor versión durante algunos tramos, siguió siendo el eje de las acciones ofensivas de su equipo y estuvo cerca de ampliar la ventaja al inicio del segundo tiempo, cuando su remate de cabeza fue contenido desde corta distancia.
En el otro lado, Bélgica también tuvo destellos que confirmaban por qué se les considera un equipo de “escuela” ofensiva. Pocos momentos antes, Kevin De Bruyne había golpeado el poste con un tiro libre curvado desde el borde del área. Así, el partido adquirió un aire casi inevitable: dos figuras del fútbol moderno, incapaces de convertir toda su habitual genialidad en un resultado que se ajustara a su reputación en una noche decisiva.
El simbolismo continuó en las decisiones tácticas. Ambos futbolistas —De Bruyne y Salah— fueron sustituidos cuando el marcador todavía estaba abierto, como si el encuentro quisiera mantener la tensión hasta el final. En ese punto, el protagonismo volvió a recaer en Lukaku, que se convirtió en el punto de referencia que Bélgica había echado de menos durante la primera hora. Además, su participación en este Mundial había estado en duda tras una campaña complicada: en la Serie A con el Napoli apenas jugó 69 minutos por una lesión que lo frenó y lo dejó lejos del ritmo ideal.
Con todo, lo mostrado en Seattle funcionó como recordatorio de que el talento no se mide solo por la forma en un torneo, sino también por experiencia y temple. El rendimiento de Lukaku, y también el nivel de Courtois, demostraron que el recorrido en grandes citas puede inclinar un partido incluso cuando el plan inicial no sale como se esperaba. Tras el encuentro, Garcia fue claro sobre el rol del atacante en el esquema del equipo: señaló que Lukaku “no puede iniciar un partido” y explicó que el momento de su entrada llegará cuando el cuerpo esté listo para competir desde el arranque.
El técnico añadió que la situación terminó teniendo un final feliz, ya que en el entorno se llegó a pensar que el delantero ni siquiera podría viajar con el plantel. También subrayó que jugar apenas 64 minutos durante toda la temporada no es un buen presagio para un Mundial, pero se mostró optimista con lo que puede aportar desde el banquillo: si le toca ser el “revulsivo” y, además, marca cada vez que entra, el impacto sería enorme. Incluso habló desde la perspectiva de los rivales: si eres defensa y lo ves venir desde la banca, es lógico que te tiemblen las piernas. Garcia celebró su recuperación y su aporte.
De cara a lo que viene, Bélgica necesitará exprimir cada gramo de madurez para avanzar en el torneo. En Seattle, su fútbol no siempre fue convincente, y el propio Garcia admitió que en el próximo compromiso ante Irán no habrá margen: “tienen que ganar”. Para Egipto, en cambio, el empate del lunes debería sembrar una confianza tranquila, con la posibilidad real de clasificar a la fase eliminatoria por primera vez en su historia.
Aunque el tiempo no juega a favor de Salah, el grupo en su conjunto transmite señales de estar listo para dar la campanada. Hassan, por su parte, insistió en el componente emocional y en la conexión con la gente: dijo que lo más importante es que “la afición egipcia confía” en el equipo y que el fútbol de Egipto se vive como algo propio, no como una actividad secundaria. Además, afirmó que todos en el país entienden que la selección representa al pueblo y se deja la vida por él.
Si Egipto logra sostener esa misma intensidad colectiva en las próximas semanas, la ansiada primera victoria en un Mundial podría estar más cerca de lo que muchos imaginaban. Por ahora, en Seattle, el empate 1-1 dejó una certeza: cuando el partido se complica, la historia puede cambiar por una aparición inesperada y por la determinación de un equipo que se niega a rendirse.