Mundial 2026 en Norteamérica: cómo viven EE. UU., Canadá y México su debut local
El Mundial de 2026 será el primero en la historia que se organice de forma conjunta por tres países, con sedes repartidas por Norteamérica: Estados Unidos, Canadá y México. Más allá de la logística compartida, el torneo también está dejando una lectura distinta en cada frontera, marcada por culturas futbolísticas propias y por maneras diferentes de vivir la competición. En este arranque del campeonato, las ciudades anfitrionas ya muestran cómo se ha ido “encendiendo” la pasión mundialista en cada lugar, con momentos que van desde el brillo mediático hasta el pulso social y las reacciones de la afición en la calle.
June 12: U.S. 4-1Paraguay
Los Ángeles fue el escenario de un primer gran impacto. En una cafetería de Santa Mónica, en la zona de Lincoln Boulevard, conviven dos pantallas: una sigue el pulso de la final de la NBA entre New York Knicks y San Antonio Spurs, y la otra acompaña el ambiente previo al estreno de Escocia en el Grupo C, donde se mediría a Haití. La escena resume una realidad: el deporte manda, pero la llegada del Mundial está logrando colarse en conversaciones y planes cotidianos incluso en espacios que no son necesariamente “tradicionalmente” futboleros.
En el mismo barrio, la conversación se mezcla con guiños al fútbol europeo. Mientras se vive la previa del baloncesto, aparecen referencias a hinchas escoceses y a lo “locos” que se ponen con el torneo. Aunque el partido de Escocia se juega a unos 3.000 kilómetros, en Boston, la fiesta de sus seguidores alcanza a quienes están lejos del estadio, como si el Mundial hubiera abierto una ventana para que la afición se contagie por redes, por comentarios y por el ambiente que se respira en bares y reuniones.
Un día antes, en Abbot Kinney Boulevard, conocida por su fama de ser la calle más “cool” de Los Ángeles, se formaron largas filas para un encuentro de hinchas para ver un duelo entre Brasil y Marruecos. En medio del ambiente, una joven que se detuvo con sus amigos reaccionó con sorpresa cuando Qatar marcó en el tramo final para empatar su partido ante Suiza, señal de que el Mundial, aun sin haber explotado del todo, ya está capturando la atención de los que salen a mirar fútbol.
Con todo, sería exagerado decir que Los Ángeles ya vive una fiebre mundialista permanente en esta primera jornada del torneo estadounidense. La idea dominante es que la ciudad quiere conseguirlo, pero el termómetro todavía no marca una euforia total. Aun así, el partido inaugural del combinado local dejó claro el nivel de interés: el día anterior, la selección de Estados Unidos inició el Mundial con un contundente 4-1 sobre Paraguay en el Estadio SoFi.
Christian Pulisic fue determinante durante 45 minutos antes de salir con una lesión en la pantorrilla, mientras que Folarin Balogun firmó dos goles y empezó a colocarse como uno de los nombres llamados a dar que hablar en el campeonato. En las gradas, la presencia de figuras de Hollywood fue notoria: Tom Cruise, Hilary Duff, Vince Vaughn, Tobey Maguire y George Lucas estuvieron entre los VIP. Incluso con ese brillo, el dato que más grafica el momento fue el precio de las entradas: las más económicas que se revendían al inicio del encuentro estaban en torno a los 580 dólares en la categoría con visibilidad limitada, y aun así el estadio reunió a 70.942 espectadores con muy pocas localidades vacías.
La imagen fue la de un Los Ángeles con poder adquisitivo y estética de gala: sonrisas de marcas, ropa de diseño y aficionados que llevaban bolsas con merchandising oficial. Edward, camarero en un local de café en Santa Mónica, quería estar allí pero no podía justificar esas tarifas. En sus primeros años de la adultez, refleja el perfil de muchos aficionados jóvenes al fútbol en Estados Unidos: madrugan los fines de semana para seguir la Premier League y manejan conocimiento real del deporte. “Soy hincha del Chelsea”, dijo, y lamentó que Inglaterra no hubiera elegido a Cole Palmer. También cuestionó la decisión de dejar fuera a Phil Foden.
Para Edward, México es su primer equipo, y aunque asistir a un Mundial sería un sueño, reconoció que el costo lo frena: “Es demasiado caro, pero seguro veré los partidos”. Comentó que en su zona habrá reuniones para ver los encuentros, sobre todo entre comunidades mexicanas y colombianas, aunque sostuvo que el ambiente todavía se percibe relativamente tranquilo. Aun así, destacó el valor de ver aficionados de todo el mundo y sorprendió el gran número de seguidores austríacos que han aparecido.
En el trayecto de Charlotte, Carolina del Norte, a Los Ángeles, Joe vivió algo parecido desde otra perspectiva: viaja para pasar el fin de semana con familia y, como estudiante, sigue el primer partido del Mundial entre México y Sudáfrica desde el teléfono. No tiene entrada para el duelo de Estados Unidos, pero el vuelo está lleno de pasajeros con camisetas estadounidenses, especialmente la clásica de 1994 con estrellas sobre fondo azul. Un padre y su hijo llegaron desde Carolina del Norte, y el motivo fue doble: además de ver el estreno, justificaron el gasto porque “también alcanzamos a ver el show de apertura”.
Incluso el regreso desde el aeropuerto se convirtió en parte de la conversación futbolera. El conductor de Uber, mientras lo llevaba hacia LAX, preguntó qué pasaría con Irán. La pregunta podía referirse al estatus del país como participante del Mundial, pero en Los Ángeles, como suele pasar en ciudades grandes, el deporte se mezcla con la incertidumbre y con el “no se sabe” hasta que comienza a rodar el balón.
June 18: Mexico 1-0South Korea
Guadalajara, en México, se presentó como una ciudad orgullosa de su identidad futbolera. Club Deportivo Guadalajara, conocido como Chivas, es uno de los equipos más exitosos del país, y su política de incorporar únicamente jugadores de ascendencia mexicana ha sido clave para impulsar trayectorias destacadas, como las de Javier Hernández y Carlos Vela. Ese peso futbolístico también se refleja en su historia mundialista: el recordado conjunto de Brasil de 1970, campeón tras una campaña legendaria, jugó todos los partidos del torneo excepto la final en el Estadio Jalisco, donde se produjo una de las atajadas icónicas del portero Gordon Banks, cuando evitó un cabezazo de Pelé que parecía destinado al gol.
El brillo del fútbol también estuvo presente en México 1986, con equipos que encendieron el Jalisco con figuras de la talla de Zico, Sócrates y Careca. Sin embargo, en esta edición del Mundial, la fuerza del deporte en Guadalajara se está usando para poner el foco sobre una tragedia que parece interminable: las personas “desaparecidas”. Más de 16.000 individuos figuran como ausentes en el registro del estado de Jalisco, y en toda la ciudad se ven paredes y puntos de referencia cubiertos con imágenes de hombres, mujeres y niños que no han sido localizados.
Las imágenes impactan por sí solas, pero el regreso del Mundial a Guadalajara este verano empujó a las familias a buscar una manera de hacerse escuchar con un lenguaje visual que el público entiende: con stickers de fútbol. En un intento desesperado por llamar la atención sobre su situación, produjeron imágenes de sus seres queridos con la idea de que aparezcan como si fueran jugadores, con familiares usando camisetas verdes de la selección, como si integraran el plantel de Javier Aguirre.
Edith Olivares, de Amnistía Internacional México, explicó que las fotografías vistas corresponden a carteles de búsqueda elaborados por familias de personas desaparecidas, una de las muchas herramientas con las que intentan conducir sus propios esfuerzos de rastreo. Además, señaló que colectivos de búsqueda decidieron aprovechar la visibilidad y la atención pública que genera el Mundial para recordar la crisis de desapariciones que afecta a México. Al colocar los rostros en un formato que remite a los cromos de un torneo, las familias buscan conectar un evento deportivo global con una emergencia de derechos humanos que a menudo queda ignorada.
Avenida Chapultepec, una de las zonas turísticas más vivas de Guadalajara, es uno de los ejemplos más claros de ese despliegue. En los carteles aparecen rostros de personas que llevan años desaparecidas, pero también de casos recientes. La violencia asociada a cárteles de drogas aparece como la causa principal de muchas desapariciones, aunque también hay secuestros aleatorios. Se menciona, por ejemplo, el caso de un estudiante de 17 años que desapareció cuando vendía una motocicleta para su tío; cuando el tío intentó buscarlo, también desapareció. Otro relato habla de un padre de 34 años, con dos hijos, que salió de casa para comprar tenis y luego se esfumó, hasta que sus restos fueron localizados meses después.
Steve Woodman, asesor de seguridad con base en Guadalajara, subrayó que existen desapariciones difíciles de explicar y evidencias de personas sin antecedentes penales ni vínculos que terminan atrapadas en estas situaciones. También indicó que uno de los factores que vuelve a Guadalajara un caso atípico, incluso dentro del propio contexto mexicano, es que el Cártel de Jalisco necesita reclutas. En ese marco, habría reclutamiento forzado y una forma de demostrar control mediante desapariciones. Según su lectura, muchas familias no estaban contentas con que el Mundial se celebrara en Guadalajara, ya que lo perciben como “lavado deportivo”, aunque finalmente decidieron aprovechar la atención internacional. El objetivo, según explicó, no es solo contar la historia, sino generar presión externa sobre el gobierno mexicano y, además, que la ONU active mecanismos vinculados a las desapariciones.
Mientras tanto, el Mundial también genera un tipo de normalidad en la ciudad. Cuando El Tri jugó ante Corea del Sur en Guadalajara —con victoria 1-0 que aseguró el avance a la ronda de 32— las calles se volvieron una fiesta indiscutible: bandas de mariachi, artistas callejeros y aficionados tocando bocinas llenaron el ambiente en las primeras horas posteriores al partido.
Abraham, camarero en un café de Avenida Chapultepec, lo resumió con claridad: “La gente se vuelve loca cuando está el fútbol”. Admitió que Guadalajara tiene muchos problemas, pero que el Mundial funciona como una distracción, especialmente cuando el torneo está aquí. En esa convivencia entre celebración y denuncia, la ciudad dejó ver su doble realidad.
June 24: Switzerland 2-1 Canada
En Vancouver, Canadá, la historia se escribió con el peso del “jugar en casa” que no termina de concretarse. La selección canadiense había logrado clasificarse por primera vez a la fase eliminatoria del Mundial gracias a una goleada 6-0 sobre Qatar en el Grupo B, en el mismo recinto. Sin embargo, seis días después llegó un golpe: una derrota 2-1 ante Suiza en el mismo escenario. Ese resultado cambió el destino del equipo dirigido por Jesse Marsch, que terminó cediendo la ventaja de jugar en casa dentro de un Mundial que comparte con Estados Unidos y México.
Si Canadá hubiera empatado o se hubiera impuesto ante Suiza, habría arrancado los octavos de final con partidos en Vancouver y también habría tenido la continuidad del torneo en su territorio. Pero la derrota empujó al equipo a una eliminatoria de ronda de 32 contra Sudáfrica, disputada en Los Ángeles. Para Marsch, despedirse de lo que se había convertido en un “tazón rojo” en el BC Stadium significó una pérdida difícil de medir en términos emocionales, justo cuando el equipo buscaba mantener la energía del estadio.
Tras el partido contra Suiza, Marsch expresó que ya ha vivido otras Copas del Mundo y entiende la importancia de construir sobre el gran triunfo. Se mostró decepcionado por no conseguir al menos un empate o una victoria que permitiera continuar en Vancouver, y agradeció la energía entregada por el estadio. Su lectura fue clara: la frustración no era solo deportiva, sino también por querer seguir alimentando el impulso que el equipo había sentido en Canadá.
La postura fue compartida por Liam Millar, mediocampista canadiense, quien aseguró que le sorprendió la manera en que Vancouver se volcó con la selección. Dijo no haber visto un ambiente similar y remarcó la pasión en las gradas por los partidos del equipo. Lamentó que no se hubiera logrado el empate o el triunfo que permitiera conservar el escenario en el que se generó tanta energía.
Vancouver ocupa un lugar especial dentro del mapa del torneo: es la sede más al norte y al oeste de las dieciséis ciudades anfitrionas. La participación de la ciudad estuvo cerca de no concretarse, ya que inicialmente rechazó las condiciones planteadas por la organización. En el proceso, se mencionó que Boston y Nueva York / Nueva Jersey incrementaron gastos de viaje para compensar la carga financiera de albergar la mayor competencia de la FIFA. Finalmente, cuando Montreal se retiró en 2021, Canadá se quedó con un solo escenario: Toronto, por lo que Vancouver terminó quedando como alternativa clave para completar el plan de sedes.
Pero si Vancouver había sido una sede renuente en el arranque, ahora disfruta de una transformación total. La ciudad tiene larga tradición futbolera y su equipo de la MLS, Vancouver Whitecaps, es uno de los clubes con más historia y mejor respaldo en Norteamérica. Los Whitecaps llegaron al Mundial con el liderato en la Conferencia Oeste de la liga, y aun así, la forma en que Vancouver se metió de lleno en el torneo y se convirtió en un lugar de fiesta futbolera tomó por sorpresa incluso a quienes conocen la ciudad mejor que la mayoría.
Alanna Hagan, de Destination Vancouver, explicó que la capital del estado canadiense siempre ha sido multicultural, impulsada por su estilo de vida al aire libre y por la calidad de vida en el noroeste del Pacífico. También subrayó que es una ciudad con población joven, lo que ayuda a crear un clima social positivo. Aun así, confesó la sorpresa: la Copa hizo que Vancouver se volviera un verdadero punto de mezcla. Señaló que hay comunidades grandes británicas, australianas y coreanas, pero que no se dimensionaba cuánto peso tenían las huellas colombianas e ivorianas hasta que comenzó el torneo. Desde el inicio, muchos visitantes entraron a la ciudad con camisetas y colores de sus selecciones.
Incluso quienes comparan la experiencia recuerdan que lo que ocurre en esta edición no se parece a la última aventura mundialista canadiense, la de 2022. Granville Street se mostró viva en las horas posteriores al choque con Suiza, aunque los colores dominantes fueron el amarillo, el verde y el azul asociados a Brasil, pese a que el equipo de Carlo Ancelotti cerró la campaña en el Grupo C con un 3-0 sobre Escocia en Miami, a más de 3.400 millas de distancia.
La sensación de que Canadá estaba como “miembro menor” dentro del grupo anfitrión de tres países era difícil de evitar antes del inicio del campeonato. Con solo dos sedes —Vancouver y Toronto— y una trayectoria mundialista anterior que se resumía a seis partidos con seis derrotas entre sus apariciones de 1986 y 2022, el Mundial parecía funcionar como una prueba enorme para el equipo. Mientras tanto, México siempre carga con una presión intensa para salir del rótulo de “subrendimiento” en cada participación, y Estados Unidos también vive bajo expectativas reforzadas, especialmente tras el nombramiento de Mauricio Pochettino como entrenador en 2024, ex técnico de Tottenham, Chelsea y Paris Saint-Germain.
¿Y Canadá? Marsch ha logrado convertir al equipo en una escuadra fuerte y competitiva dentro de la Concacaf, pero el elemento diferencial en el “True North” es que el torneo ha superado expectativas y ha despertado un nuevo interés por un país donde históricamente ha dominado el hockey sobre hielo. Kevin Kilbane, ex mediocampista de Everton y Sunderland que hoy trabaja como analista en TSN, contó que durante casi siete años en Canadá no existía un “zumbido” futbolero constante alrededor del equipo. El Mundial lo cambió todo: la gente lo aborda para hablar de los partidos y eso es un fenómeno nuevo. También indicó que la conversación ya no gira solo en torno a Alphonso Davies o Jonathan David, porque ahora hay camisetas canadienses por todos lados, algo que considera positivo.
De cara al futuro, la gran tarea será que el impulso se sostenga una vez que el Mundial se vaya. Aun así, la fiesta continúa en Vancouver pese a que Canadá tuvo que guardar maletas y viajar hacia el sur para disputar sus siguientes juegos en Estados Unidos. La celebración incluso se extendió con un partido de Inglaterra en el Grupo L ante Panamá: se organizó una transmisión en una pantalla gigante en la cima de Grouse Mountain, un sitio al que se llega a través de caminata o teleférico, con el telón de fondo de picos montañosos y lagos.
Además, Grouse Mountain también colocó una bandera gigante de Canadá, del tamaño equivalente a dos canchas de fútbol juntas. Adam Rootman, de Grouse Mountain Resort, explicó que el diseño buscaba ser visible no solo desde la montaña, sino desde distintos puntos de la ciudad, desde el cielo y también desde el resto del mundo. Con la llegada de visitantes internacionales, el objetivo era mostrar apoyo al equipo local de una manera verdaderamente inolvidable.