Zohran Mamdani: del Rikers Island a un legado de fútbol para Nueva York
El alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, resumió la experiencia de la Copa del Mundo en su ciudad con una escena poco habitual para un torneo: una conversación en la isla carcelaria de Rikers durante la semifinal entre Inglaterra y Argentina, que le sirvió de brújula para defender que el fútbol no solo se mira, también conecta. En su balance, el regidor aseguró que, tras 39 días de iniciativas, el Mundial se acercó más a los barrios, con especial énfasis en el acceso, la gratuidad y la posibilidad de jugar.
El Mundial como puente en una ciudad de pasiones múltiples
Mamdani contó que, la semana anterior, el día del partido ligó dos realidades que normalmente no se cruzan: junto a unas 7.000 personas detenidas en el complejo de Rikers, vio la semifinal en televisión y allí conoció a un hombre cuyo último día en el lugar coincidía con el encuentro. Para el alcalde, ese tipo de coincidencia fue clave para entender el valor social del torneo en Nueva York: la cancha como espacio común, más allá del marcador.
El desafío de organizar el Mundial en la Gran Manzana se explica, según su relato, por la dimensión del territorio y la distribución de la programación. En una ciudad de más de 8 millones de habitantes repartidos en cinco distritos, los ocho partidos locales del torneo —incluida la final— se disputaron al otro lado del río, en el estadio de Nueva York/Nueva Jersey. Con ese escenario, su administración se propuso llevar el Mundial a comunidades donde el fútbol se vive, pero donde el acceso al estadio no era sencillo.
Acceso, precios y una logística compartida con límites claros
El alcalde sostuvo que heredó un problema central: las entradas alcanzaban precios de miles de dólares y los costos de transporte subían, lo que dejaba fuera a la mayoría de quienes querían ver los partidos. A eso se sumó una “puzzle” administrativa en la que el estadio MetLife —entre Nueva York y Nueva Jersey— se gestionaba con división de competencias: su gobierno debía coordinarse con el estado de Nueva Jersey, el comité local y la propia FIFA.
- La ciudad consiguió una asignación de 1.000 entradas con descuento a 50 dólares cada una.
- Los fan fests que inicialmente se contemplaban con precio pasaron a ser gratuitos en toda la ciudad.
- Se impulsaron espacios de fútbol nocturno con canchas gratuitas, además de una instalación permanente en Central Park.
- Se ofrecieron promociones de comida y bebida por 26 dólares en bares y restaurantes seleccionados.
- El equipo de la NWSL Gotham se sumó a la agenda con boletos a 15 dólares para un partido en Citi Field que se agotó: asistieron 42.175 personas.
En su evaluación, Mamdani aceptó que las medidas no resolvieron todas las quejas. Persistieron las barreras de precio para el estadio, el costo del viaje y la complejidad de la coordinación con actores externos. Aun así, defendió que la ciudad amplió la accesibilidad más allá de las gradas, llevando el torneo a calles, centros barriales y espacios para jugar.
Inmigración, barrios y el fútbol como “local” para todos
Para el alcalde, la clave cultural de Nueva York es inseparable de la historia migrante de sus comunidades. Dijo que la manera de describir el fútbol en la ciudad pasa por entender esa mezcla: “no importa quién juegue, se siente como local”. Por eso, su administración dirigió programación a enclaves vinculados a países presentes en el Mundial y también a otros que aparecieron por primera vez en el torneo para sus comunidades.
Entre las acciones, se convirtieron 50 calles sin autos cercanas a escuelas en canchas de fútbol durante la preparación del Mundial. Además, se organizaron eventos en barrios de comunidades inmigrantes y se habilitaron partidos informales en la residencia de Gracie Mansion, donde incluso se presentó Mario Balotelli en una de esas jornadas. Mamdani recordó que el alcance incluyó casos tradicionales y otros más recientes: citó presencia destacada de brasileños y colombianos, y también mencionó a Uzbekistán, Cabo Verde y Haití, aludiendo al impacto que tuvo para sectores de la ciudad ver a sus selecciones participar.
Central Park, una fecha y un homenaje futbolero
El 8 de junio, el alcalde inauguró una cancha de cinco contra cinco en Central Park acompañado por George Weah, ganador del Balón de Oro en 1995. En su intervención, Mamdani rememoró cómo Weah fue un ídolo para un niño que crecía en África Oriental y relató el contraste entre aquel sueño futbolero y su eventual carrera en política. Sin embargo, el mensaje central volvió al legado: la cancha como herencia, no solo como evento.
Legado tras el silbatazo: canchas 24/7 y una apuesta por el futuro
Según Mamdani, la discusión sobre el legado de la Copa no puede limitarse a las seis semanas de competición. Su plan, en cambio, buscó prolongar el impacto a través del juego: una cancha en cada distrito con acceso 24 horas al día, y además un campo en Central Park durante seis semanas. La idea, resumió, fue que el Mundial dejara algo en la vida cotidiana de los neoyorquinos, no únicamente un recuerdo del partido.
El alcalde también conectó el enfoque con un problema estructural del fútbol en Estados Unidos: el costo y la falta de espacios adecuados suelen volver inaccesible la práctica. En ese marco, afirmó que hacer el fútbol gratuito o casi gratuito puede ayudar a largo plazo y hasta abrir la puerta a futuros talentos, incluso dentro del programa de la selección masculina de Estados Unidos.
Como cierre de su balance, Mamdani recordó que, en el fútbol, la atención y el alcance cambian el panorama. Citó un dato de interés comparativo: en cada Mundial, el discurso suele ser “lo logramos”, pero mirando cifras, dijo, hay casi tantos estadounidenses que siguieron un partido de la selección masculina como los que vieron a los Knicks en un juego. Y en su lectura, la Copa del Mundo en Nueva York dejó la imagen más contundente: una jornada en Rikers que, por unas horas, hizo que todos miraran el mismo partido y entendieran que, pese a la distancia, “es una sola ciudad”.