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Así sería el Draft de MLB si se diseñara desde cero, según la visión de 2025

Nicolás Vargas
Por Nicolás Vargas
23 junio 2026 9 min de lectura

En una realidad alternativa del béisbol universitario y el próximo Draft de Grandes Ligas, la conversación dejaría de centrarse solo en cuánto se paga por talento y empezaría a girar alrededor de cómo se construye el camino hacia el profesionalismo. La idea toma forma en junio de 2025, cuando Auburn disputa la Serie Mundial Universitaria y el Draft de MLB está a pocos días, con dos figuras llamadas a protagonizar el mercado: Colt Emerson y Kevin McGonigle, anclando el cuadro central como dos prospectos sobresalientes de segundo año.

MLB propone cambios al Draft: edad mínima, eliminación de selecciones de secundaria y más tiempo en el college

Elemento Propuesta/Dato
Edad mínima para el Draft 20 años
Selecciones desde secundaria Se eliminarían
Ruta obligatoria para elegibilidad Al menos dos temporadas en la universidad
Estructura del Draft 12 rondas con cupo fijo; fichajes de agentes libres no seleccionados ilimitados; picks canjeables; combinaciones médicas obligatorias

Del otro lado del tablero, el duelo de eliminación que enfrenta a Vanderbilt también está cargado de nombres que atraen miradas. En el campo central aparece Max Clark, mientras que Thomas White figura como el as del equipo. En el mismo escenario, Norte Carolina queda fuera recientemente pese a haber contado con Walker Jenkins, quien proyecta como una selección dentro del Top 10. Texas, por su parte, presume el respaldo del prospecto Bryce Rainer, y desde LSU llega Konnor Griffin, novato que se volvió material habitual en redes por la calidad de sus jugadas.

Mientras el calendario avanza, el interés se mantiene alto y las cifras de audiencia televisiva continúan en ascenso. La razón es clara: los aficionados llevan dos años siguiendo el desarrollo de futuros escogidos en la primera ronda. Entre acuerdos de NIL y esquemas de reparto de ingresos, las grandes figuras del circuito universitario ya ganan cifras de siete dígitos antes de firmar bonificaciones profesionales que también rozan montos similares. A más talento visible, más dinero circula. Además, los complejos de entrenamiento se parecen cada vez más a los afiliados de liga mayor, la asistencia crece y el béisbol universitario se ubica en una etapa que muchos describen como una “edad dorada”.

El punto más relevante es que el mejor talento amateur de Norteamérica estaría concentrado en una sola vitrina, generando un interés sostenido tanto por el béisbol de college como por el Draft de MLB. La comparación que se plantea es directa: como ocurre con el fútbol americano y el baloncesto, el sistema universitario y el profesional se retroalimentan en un ciclo de atención constante.

En lugar de que el interés se dispare solo cuando aparece un talento rarísimo —como sucedió con Paul Skenes o Stephen Strasburg—, cada Draft tendría nombres reconocibles que llevan años compitiendo en pantallas de ESPN.

Ese es, precisamente, el enfoque que MLB puso sobre la mesa en su propuesta más reciente dentro de la negociación colectiva con la Asociación de Jugadores. El plan plantea fijar una edad mínima de 20 años para el Draft, eliminar las selecciones de secundaria y enviar prácticamente a todo el talento amateur élite de Norteamérica a la universidad por un mínimo de dos temporadas antes de volverse elegible.

La propuesta también describe un Draft con 12 rondas asignadas de manera rígida, permite fichar sin límite a agentes libres no seleccionados y mantiene la posibilidad de canjear selecciones. A la vez, exige combinaciones con evaluaciones médicas obligatorias.

A primera vista, la medida suena a lo que los críticos ya habían señalado: otro intento de disminuir el gasto en el béisbol amateur. Si ese fuera el único objetivo, la polémica estaría justificada. Sin embargo, la parte más interesante no sería tanto si esta versión concreta debe incorporarse tal cual al acuerdo colectivo, sino si los cambios estructurales que propone MLB acomodan mejor la arquitectura del deporte a largo plazo.

El argumento central es que, si el béisbol estuviera diseñando hoy un sistema de Draft amateur —no en 1965— construiría algo distinto. Y hay una razón: el béisbol universitario cambió de forma radical en la última década, reduciendo la distancia entre el nivel académico y el profesional.

La brecha se achica porque los programas top ya operan como laboratorios de desarrollo. En el montículo y en el bateo cuentan con tecnología que, en varios casos, iguala o supera lo que se utiliza en organizaciones profesionales afiliadas.

Equipos como LSU, Georgia, Wake Forest, Oregon State, Norte Carolina, Ohio State y otros han incorporado sistemas de seguimiento de jugadores, herramientas de biomecánica, análisis del bate, placas de fuerza y métodos más avanzados para el diseño de lanzamientos.

El cuerpo de entrenadores y el soporte técnico también han mejorado. Incluso en el nivel profesional, se menciona el caso de Skenes, el vigente ganador del Cy Young de la Liga Nacional, que todavía depende a diario de personal de fuerza y acondicionamiento y de recursos de desarrollo de talento en Georgia.

En ese contexto aparece Derek Groomer, director de rendimiento atlético del programa de Georgia, quien estuvo con Skenes en LSU. Groomer explicó que registra “cada marcador de datos” que se pueda imaginar sobre el lanzador, y además “más de los que no se pueden” visualizar.

Ese tipo de mentalidad se vuelve cada vez más representativo del béisbol universitario de élite. También se citan ejemplos de intercambio de ideas: el paso de Wes Johnson desde los Mellizos a LSU —ahora en Georgia— y las innovaciones de Tanner Swanson, relacionadas con la captura con la rodilla hacia abajo en Washington, como señales de que el flujo de conocimiento ya viaja en ambos sentidos.

Se observa además una polinización cruzada creciente entre el circuito universitario y el profesional. Los entrenadores se mueven con mayor libertad entre niveles, las metodologías de trabajo se difunden con velocidad y los prospectos llegan al profesional cada vez más “pulidos”. Como evidencia se menciona que los jugadores avanzan por las Ligas Menores con más rapidez que antes, según investigaciones de J.J. Cooper.

Con ese escenario en mente, la propuesta sugiere imaginar que cada jugador de secundaria con nivel élite pase dos años dentro de un ambiente de desarrollo como ese antes de entrar al béisbol afiliado.

El cambio estructural no se plantea solo por la mejora del producto universitario, sino también por las oportunidades financieras que existen para los peloteros.

Durante años, los programas de División I repartieron apenas 11.7 becas en total entre nóminas completas. Hoy, en cambio, pueden ofrecer hasta 34 becas completas. Ese solo dato ya crea un incentivo fuerte para que más atletas de alto nivel elijan el béisbol universitario, incluso si no se modificara nada del Draft. Sumado a NIL y al reparto de ingresos, la economía del deporte habría cambiado de manera fundamental.

Las estrellas del college cada vez ganan ingresos de seis cifras. Y bajo un esquema propuesto donde todo amateur élite atraviesa la universidad, esas oportunidades tendrían aún más valor, porque el producto universitario atraería más dinero de medios y de taquilla.

También se subraya un hecho clave: la mayoría de los jugadores universitarios nunca llega al béisbol profesional, y la gran mayoría de los seleccionados en el Draft tampoco alcanza las Grandes Ligas. En ese sentido, recibir dos años de educación mientras se sigue desarrollando como jugador tiene un valor real a largo plazo que muchas veces se pasa por alto.

En paralelo, se reconoce un punto de preocupación legítimo: reducir bonificaciones del Draft. Ya existe un desequilibrio de dinero en MLB que se inclina hacia los jugadores de más edad frente a los más jóvenes.

Pero centrarse solo en las bonificaciones por firma ignora el panorama financiero completo. Con el plan de MLB, un jugador universitario se vuelve elegible después de dos temporadas, en vez de tres. Se menciona el caso de Roch Cholowsky, de UCLA, ubicado como número 1 en la lista Top Draft Prospects de 2026, y se afirma que bajo este modelo habría podido ser seleccionado el año anterior.

La lógica se describe como una ganancia masiva de tiempo de servicio. En la práctica, la mayoría de los prospectos universitarios élite iniciarían su carrera profesional un año antes. Además, se recalca que los peloteros universitarios conforman el 81% de las selecciones recientes, y también la mayoría de los jugadores de Grandes Ligas en Norteamérica.

Para ilustrarlo se toma el Draft del año pasado: se señala que 86% de las escogencias universitarias dentro del Top 40 del mes de junio quedarían habilitadas para solicitar arbitraje y convertirse en agente libre un año antes bajo las reglas propuestas.

Ese matiz importa porque los pagos por arbitraje y por agencia libre pueden superar con creces lo que suele representar una bonificación inicial.

Por ejemplo, entrar a agencia libre a los 28 en lugar de 29 —o a los 29 en vez de 30— puede traducirse en decenas de millones de dólares. Un agente libre más joven suele recibir una prima mayor, y además los equipos compran más temporadas garantizadas antes de que el declive asociado a la edad entre en la ecuación.

Hay un componente adicional que recibe mucho menos atención. Se menciona que el lanzador de Padres Walker Buehler describió la realidad de las Ligas Menores de forma particularmente directa.

“En cualquier afiliado hay tres jugadores que tienen oportunidad de llegar a las Grandes Ligas. El resto de los peloteros están allí para jugar. No creo que sea justo. Están persiguiendo su sueño”, comentó Buehler.

Dos años antes, el texto recuerda una conversación con Doug Deeds, uno de 1,420 jugadores de Ligas Menores desde 1891 que acumularon 4,000 apariciones al plato sin llegar a MLB.

“Estás demasiado enfocado en entrenar, en prepararte para el próximo año, en pensar en los ‘y si…’. Es como si pusieras todo lo demás en pausa”, dijo Deeds.

La idea remata en que a menudo no se sabe cuándo es momento de dejar de perseguir una meta. Esas palabras, se agrega, adquieren aún más relevancia porque los clubes usan cada vez herramientas más sofisticadas para evaluar talento y analizar datos.

Con seguimiento del bate, análisis biomecánico y años de información amateur, las organizaciones entienden mucho mejor qué jugadores realmente tienen potencial de Grandes Ligas, en comparación con lo que se sabía incluso hace una década.

Eso lleva a una realidad difícil: el 75% de quienes firman desde secundaria entre 2012 y 2019 no alcanza MLB, mientras que solo una parte pequeña (12%) aprovecha los beneficios de educación continua disponibles después de que terminan sus carreras.

En cambio, se argumenta que es menos probable que figuras como Albert Pujols o Mike Piazza “se pierdan” en el proceso cuando el Draft tenga menos rondas, debido a que hoy el entorno está lleno de datos y el análisis es más fino.

Los críticos señalan también la desaparición de los debuts adolescentes en Grandes Ligas, un efecto que el esquema propuesto eliminaría. Los debuts a los 16 o 17 años —como los de Ken Griffey Jr. o Alex Rodríguez— son emocionantes y, muchas veces, anuncian un talento especial. Konnor Griffin fue incluido en esa lista este abril, pero se presenta como excepción extraordinaria.

En los últimos 40 años se contabilizan solo 29 debuts de adolescentes en MLB. En el mismo periodo se registraron 8,630 presentaciones totales de jugadores en Grandes Ligas. En términos de proporción, los adolescentes representan alrededor de un tercio del 1% de los debuts. Dicho de otra forma: 99.67% de las presentaciones se logran con jugadores de 20 años o más desde 1986.

Por ello, se afirma que los sistemas deben diseñarse pensando en lo que beneficia a la gran mayoría de participantes, no solo en los casos raros. Un modelo “primero college” crearía un filtro de desarrollo más sólido y protegería a más peloteros de las realidades más duras del béisbol profesional.

Al final, un embudo universitario más fuerte produciría mejores jugadores, más estrellas reconocibles y más enganche de aficionados incluso antes de que los prospectos lleguen a las Ligas Menores afiliadas.

Además, se plantea que el Draft de MLB dejaría de sentirse como un nicho industrial y se transformaría en un evento. La visión es que la noche del Draft se convierta en uno de los grandes momentos anuales del béisbol, porque los fanáticos habrán seguido durante años a esos jugadores mientras compiten.

La propuesta también buscaría fortalecer el béisbol universitario y, al mismo tiempo, reforzar el béisbol profesional. Junto con un balance competitivo más equilibrado, el deporte tendría piezas para convertirse en un motor de crecimiento sólido.

En esa lógica, todos se benefician de una “torta” de ingresos más grande. Se recuerda que el crecimiento de los ingresos de MLB ha quedado por detrás del de las principales ligas norteamericanas durante los últimos 15 años.

Si la versión exacta de la propuesta de MLB es la respuesta correcta, se dice que “casi da igual”. Lo esencial es aceptar que los supuestos que sostienen el sistema de desarrollo del béisbol ya no coinciden con la realidad del terreno.

Las bases cambiaron y, por lo tanto, la estructura también debería ajustarse.

Nicolás Vargas
Autor

Nicolás Vargas

Periodista deportivo y especialista en fútbol, Nicolás Vargas combina rigor informativo con lectura fácil. Analiza partidos, sigue el mercado de fichajes y traduce la actualidad deportiva en noticias útiles para el aficionado.

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