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EE. UU. vigila el entrenamiento en Irvine por el riesgo de espionaje aéreo

Nicolás Vargas
Por Nicolás Vargas
21 junio 2026 6 min de lectura

La selección masculina de Estados Unidos vive su preparación para el Mundial con una ventaja que, al mismo tiempo, se transforma en un problema: el centro de entrenamientos en Great Park, en Irvine (California), tiene una atracción pública que ofrece vistas imposibles de ignorar… y que obliga a extremar la vigilancia para que nadie observe desde el aire lo que ocurre dentro de la rutina diaria.

El “detalle” del balón gigante y la lógica del control

  1. En sus primeros días, el equipo valoró casi todo del complejo de Great Park, salvo un elemento llamativo: un globo aerostático enorme que, por altura y visibilidad, puede convertirse en una herramienta involuntaria de observación.
  2. Un directivo de la federación reconoció que el asunto no era menor: la prioridad es que ese globo no esté en funcionamiento justo cuando el plantel está entrenando.
  3. El globo, que recuerda a una naranja mandarín gigante, transporta visitantes hasta unos 400 pies de altura y ofrece líneas de visión amplias, lo que vuelve “increíble” la vista desde la cesta… y preocupante lo que podría verse.
  4. Con 48 selecciones en el Mundial de este verano, el tema de la vigilancia ajena aparece como un riesgo permanente, no como una excepción.

Un Mundial en modo espionaje: drones, cámaras y miradas desde cualquier punto

  • En el torneo ya hubo episodios que encendieron alarmas: autoridades mexicanas “neutralizaron” un dron no identificado sobre una sesión de entrenamiento de Corea del Sur el 16 de junio.
  • Más cerca del foco estadounidense, el entrenador Mauricio Pochettino bromeó cuando se le vio grabando desde una colina antes de entrenar, en un contexto donde la sospecha de observadores siempre está presente.
  • La conversación no queda solo en el presente: en la liga inglesa se discutió con intensidad un caso en que Southampton fue hallado culpable de espiar entrenamientos de varios rivales.
  • En el Mundial de 2018, un observador sueco fue detenido por usar un telescopio para vigilar prácticas de Corea del Sur antes de su partido.
  • En los Juegos Olímpicos de París 2024, el torneo se alteró por un dron no deseado asociado a Canadá sobre los entrenamientos de Nueva Zelanda, y el tema pasó rápidamente del escándalo inicial a la resignación colectiva.

La cultura del “todos lo hacen” y el precedente de Bielsa

La idea de que el espionaje es parte del ecosistema futbolístico se repite incluso en declaraciones de jugadores y cuerpos técnicos. Tyler Adams, mediocampista de Estados Unidos, afirmó con claridad que “todas las selecciones” lo hacen en algún nivel, aunque no se practique siempre de la misma forma.

El argumento cobra fuerza con un ejemplo histórico: Marcelo Bielsa, entrenador argentino, admitió en 2019 que su equipo, Leeds United, había observado a cada rival de esa temporada. Incluso explicó su razonamiento en una conferencia de prensa, con una lógica que incluía una confesión particular: si no se espía, sentía que no estaba dando el máximo esfuerzo para competir y ganar. Por esa admisión, Leeds fue sancionado con una multa cercana a 250.000 dólares.

Técnicas de ayer y de hoy: barridos en estadios y cámaras escondidas

El salto tecnológico hacia drones es evidente, pero el reconocimiento remoto no nació con ellos. En partidos de clasificación mundialista de CONCACAF, el cuerpo técnico de Estados Unidos incluye en el protocolo previo un barrido del estadio para detectar cámaras u otros dispositivos de grabación.

Un ex integrante del cuerpo de trabajo describió hallazgos repetidos de cámaras ocultas, incluso en ubicaciones inesperadas: en el Estadio Azteca (Ciudad de México) encontraron GoPros instaladas alrededor de la parte alta del recinto; también aparecieron bajo el banco del preparador físico y una vez cerca del arco de repuesto colocado al borde del campo.

La reacción, según ese testimonio, solía ser conservar los dispositivos. La interpretación era pragmática: si el rival no va a llamar para reconocer lo ocurrido y pedir devolución, entonces el hallazgo funciona como “regalo” útil para el equipo que lo descubre.

Espiar también en amistosos: cuando la obsesión trasciende el resultado

No todo se explica solo por el valor de un partido decisivo. En algunos entornos, la vigilancia se vuelve costumbre incluso cuando el encuentro no tiene casi significado deportivo. En un campamento de Florida en 2021, se narró una anécdota con risa: un miembro del cuerpo técnico de Canadá fue detectado intentando observar la práctica estadounidense un día antes de que ambos equipos jugaran un amistoso informal.

La sorpresa era comprensible: si era un ensayo sin consecuencias, el equipo afirmaba que habría compartido alineaciones y planes con quien lo solicitara, con tal de evitar malentendidos.

Procedimientos, paranoia y hasta discusiones con personal del estadio

Más allá de la geografía, la sensación de amenaza parece no tener fronteras. Entrenadores de distintos países y en diferentes niveles suelen aplicar rutinas concretas para resguardar sesiones. Los barridos del estadio durante la práctica típica del día anterior al partido son comunes, y las exigencias de privacidad pueden generar momentos incómodos si trabajadores eléctricos o de paisajismo coinciden con las tareas del equipo.

Un ex responsable de la selección contó cómo, al pedir que se retiraran, algunos empleados respondían que su jefe les ordenaba tender cables. El resultado, según su experiencia, era un escenario “extraño”.

Además, una de sus funciones consistía en revisar cada cámara fija del estadio, las usadas por emisoras y que no se activan el día previo al encuentro, y girarlas para que las lentes miraran hacia las gradas y no hacia el terreno de juego. La lógica era clara: no querían dejar margen para que, de alguna manera, esas cámaras terminaran registrando el entrenamiento.

Casos curiosos: la historia de las aves de plástico y el miedo a cámaras en el techo

Si esto suena exagerado, en el entorno federativo estadounidense se recuerda otro episodio recurrente vinculado a Canadá. En 2017, antes de que las selecciones femeninas de ambos países se midieran en un amistoso en San José, California, funcionarios canadienses acusaron a los estadounidenses de intentar captar la sesión instalando cámaras en el techo del estadio.

La imagen que repetían una y otra vez era que “se les veía claramente ahí arriba”. Sin embargo, lo señalado eran dos aves de plástico colocadas de forma permanente para ahuyentar palomas.

Cuando no hay control total: observadores desde apartamentos y edificios cercanos

Hay situaciones donde la preocupación no se puede eliminar. Antes de un partido de clasificación para el Mundial en La Habana, en 2008, Estados Unidos descubrió rápidamente que varios futbolistas cubanos observaban la práctica previa: vivían en departamentos junto al estadio.

Años más tarde, antes de un compromiso de torneo en territorio estadounidense, un entrenador estadounidense llamó con enojo a su staff al ver a una persona sentada en la terraza de un edificio alto contiguo al campo universitario donde entrenaba el equipo. La explicación que recibió el cuerpo técnico era simple: era una vivienda universitaria y el individuo solo estaba fumando como cualquier estudiante.

Seguridad reforzada… pero la pregunta final es si sirve de verdad

FIFA prometió que los perímetros de seguridad alrededor de los centros de entrenamiento de este Mundial serán sólidos. En paralelo, Estados Unidos aplica regulaciones estrictas para operadores de drones, lo que complica incluso a equipos que quieran utilizar esos dispositivos para filmar sus propias sesiones.

Con ese panorama, la cuestión más grande vuelve a aparecer: si el espionaje es tan común, ¿realmente importa? En un deporte donde la belleza del juego fluye con naturalidad, se plantea cuánto provecho puede obtenerse observando un entrenamiento aislado.

En gran parte, muchas preferencias tácticas ya se conocen por partidos anteriores: formaciones recurrentes, manera de construir desde atrás y respuesta ante la presión. Incluso si se detecta un guiño en una jugada de estrategia o una preferencia para ejecutar penales, el valor agregado podría ser limitado.

Un entrenador de alto nivel lo resumió con contundencia: no está seguro de que gran parte de lo observado valga la pena. En la práctica, la vigilancia puede ser un reflejo del entorno… pero el impacto real en el rendimiento no siempre está garantizado.

Claves del debate: por qué el espionaje no se detiene (y por qué quizá no cambia tanto)

  • El entorno moderno multiplica los puntos de observación: desde drones hasta dispositivos de grabación y hasta atractivos públicos con grandes alturas.
  • Los equipos aplican protocolos de control (barridos, revisión de cámaras y reubicación de lentes) porque la paranoia, aunque incomode, se vuelve norma.
  • Las historias demuestran que la vigilancia aparece tanto en partidos relevantes como en amistosos sin consecuencias.
  • La seguridad del torneo y la regulación de drones buscan reducir riesgos, pero no eliminan la percepción de amenaza en cada sesión.
  • Aun así, la utilidad táctica del “chismorreo” de un entrenamiento puntual es discutible: mucha información ya existe por el historial de juego.
Nicolás Vargas
Autor

Nicolás Vargas

Periodista deportivo y especialista en fútbol, Nicolás Vargas combina rigor informativo con lectura fácil. Analiza partidos, sigue el mercado de fichajes y traduce la actualidad deportiva en noticias útiles para el aficionado.

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