Escocia rompe 28 años sin Mundial y celebra su regreso por todo Boston
FOXBOROUGH (Massachusetts). La fiesta escocesa en Boston no tiene visos de apagarse: bares y tabernas se llenaron desde temprano, las gaitas sorprendieron a los vecinos y las canciones se colaron por las calles antes incluso de que comenzara el partido. Y cuando por fin rodó el balón, la celebración tomó otro sentido. Tras cruzar el Atlántico, miles de hinchas pudieron sumar su quinto triunfo mundialista y dar un paso crucial hacia la fase eliminatoria, luego de que Escocia venciera a Haití por 1-0 en Foxborough.
Datos clave del triunfo
| Aspecto | Detalle |
|---|---|
| Partido | Escocia 1-0 Haití (1.ª victoria mundialista desde 1990) |
| Goleador | John McGinn (28’), remate desviado |
| Contexto de tabla | Escocia toma el control del Grupo C tras el empate de Brasil con Marruecos |
| Clave anímica | Fin de una espera de 10.224 días para marcar en el Mundial |
El tanto de John McGinn no fue una obra de arte, y el partido tampoco alcanzó esa categoría, pero el valor del 1-0 no se discute. Si Escocia logra meterse por primera vez en la fase de eliminación directa en este torneo, ese disparo desviado será recordado como una de las dianas más decisivas de la historia reciente del país. El remate de McGinn cortó una sequía de 10.224 días sin marcar en un Mundial y llegó en el minuto 28, en el primer certamen mundialista para la selección escocesa en 28 años. Además, el gol le dio a Escocia el dominio del Grupo C, condicionado por el empate que se registró más temprano entre Brasil y Marruecos.
Este no fue un desempeño que dejara dudas sobre el nivel: fue, sobre todo, un trabajo cumplido. La victoria —la primera de Escocia en un Mundial desde 1990— resultó determinante. En distintos pasajes, el equipo mostró falta de sintonía y se vio desbordado por la organización de Haití, que llegó a tener una ocasión muy clara en el tramo final para buscar el empate. Aun así, Escocia supo cerrar y se llevó tres puntos vitales.
Cuando terminó el encuentro, la interpretación de “Yes Sir, I can Boogie” compitió con cualquier otra pieza musical de este Mundial por la mezcla de pasión y alivio que provocó entre los asistentes. La imagen de la grada prometía continuidad: desde aquel golazo de larga distancia de Kenny McLean que se coló por encima de Kasper Schmeichel en diciembre, Escocia había empezado a planear esta celebración. También se escucharon canciones que ya sonaron con fuerza hace dos años en la Eurocopa 2024, en ciudades y plazas de Alemania, pero esta vez el telón de fondo era el Mundial.
La última participación de Escocia en este torneo había sido en 1998, cuando la derrota 3-0 frente a Marruecos puso punto final a la aventura. Por eso, el viaje a través del Atlántico tuvo un significado extra para su hinchada: los seguidores llegaron con el ánimo de vaciar el “stock” de cerveza de los aviones, con la intención de disfrutar el instante y, al mismo tiempo, con la esperanza de que la historia no se cortara antes de empezar.
En lo deportivo, el choque era clave para mantener viva esa posibilidad. Cualquier resultado que no fuera una victoria habría complicado la ruta hacia los cuartos de final, considerando que después llegarían rivales más exigentes. Durante toda la semana, el entrenador Steve Clarke insistió en el presente y en la necesidad de no desviarse del plan. El mensaje para el plantel fue claro: salir del Mundial con “cero arrepentimientos”, y arrancar con buen pie era un requisito innegociable para cualquier aspiración con opciones.
El antecedente no invitaba al exceso de confianza: en 2024, Escocia visitó Alemania con expectativas y fue derrotada 5-1 por los anfitriones. Por eso, no podía repetirse un inicio flojo. Clarke necesitaba acertar con la alineación.
Con el estómago de Scott McTominay lo suficientemente estable para poder arrancar, y el problema en la pantorrilla de Scott McKenna impidiendo su participación, el técnico se enfrentó a dos decisiones. Primero, con quién acompañar a Jack Hendry en el centro de la zaga: eligió a Grant Hanley por la experiencia. Segundo, si modificar el once que había marcado cuatro goles a Bolivia durante el primer tiempo del último amistoso, una semana antes.
La tentación de tener a (super) McGinn en un rol decisivo terminó inclinando la balanza: el mediocampista volvió al once, ubicado en el costado izquierdo, mientras Ryan Christie quedó en el banquillo. La elección del 4-4-2 fue una declaración de intención: Clarke ya había demostrado que ese esquema le funcionaba cuando venció 2-4 a Dinamarca, y también lo volvió a utilizar contra Haití. Si el plan era presionar desde arriba, el clima emocional lo marcó el canto de “Flower of Scotland”, que hizo vibrar el estadio.
Ya con el balón en juego, el entendimiento entre McGinn y Andy Robertson por la banda izquierda fue efectivo, y en el otro carril las fintas y movimientos de Ben Gannon-Doak complicaron a Haití durante varios tramos. Haití, eso sí, buscó atacar con transiciones y contó con Louicius Deedson como un hombre relevante, aunque le faltó el último toque para convertir. Ese desequilibrio le dio aire a Escocia, que pudo asentarse en el partido y manejar mejor el ritmo.
En el minuto 16, McTominay avisó cuando su remate desde el borde del área pegó en el poste. Con ese disparo, Escocia registró un dato histórico: fue el primer jugador masculino escocés en impactar el larguero en un Mundial desde Graeme Souness en 1982, según registros de investigación. A partir de ahí, la selección fue encontrando más coordinación.
El camino al gol apareció gracias a un balón largo de Grant Hanley que destrabó la defensa haitiana. Ché Adams controló con una intervención muy fina una pelota que parecía perdida, conectó con el área y dejó una acción que terminó en un disparo de Adams, contenido por el arquero. El rebote terminó llegando a McGinn, cuyo remate fue desviado dos veces, hasta terminar entrando en la portería de Haití.
Las gradas explotaron de euforia para quienes se vistieron de azul o para quienes optaron por el cambio de camiseta hacia tonos rosados y morados, o incluso entre combinaciones de naranja y azul según la interpretación de cada aficionado. Sin embargo, conforme avanzaron los minutos, el partido se volvió algo más tenso: Escocia no logró liquidarlo del todo, aun con Robertson probando con un centro atractivo desde sectores cercanos al área haitiana.
En vez de eso, Haití se acercó al empate. Frantzdy Pierrot tuvo una oportunidad en el 85’ al cabecear con peligro, pero su intento salió desviado. Luego, en el tiempo agregado, volvió a aparecer con otra opción, aunque resbaló cuando tenía tiempo para complicarle el trabajo a Angus Gunn.
El balance final fue positivo: Escocia realizó un partido efectivo, pero sin el brillo de una exhibición. En el segundo tiempo le faltó cohesión y los cambios no aportaron un impulso real. Los centros fueron bloqueados y los delanteros quedaron con menos espacios. Ya en el tramo final, los cánticos en la grada sonaron con un tono de desafío más que de festejo constante. Solo cuando llegó el pitido final regresó la alegría plena: al fin y al cabo, para Escocia, “no hay fiesta sin Escocia”.
Esperan pruebas más duras, pero esta noche el objetivo era uno: ganar. Durante años, los hinchas escoceses han atesorado instantes memorables en estos torneos —como aquel gol de Archie Gemmill en 1978—, aunque casi siempre se quedaban con recuerdos que no avanzaban más allá de la fase de grupos. Esta vez, el guion puede cambiar.
En el cierre, los aficionados cantaron: “Escocia está en llamas y tu defensa tiembla”. Marruecos y Brasil aguardan en el calendario, pero al menos por esta noche Escocia quedó en lo alto del Grupo C. Y ese lugar, después de 28 años de espera, vale por sí solo.