La “fábrica” de sueños del fútbol argentino: el sistema duro detrás del éxito
En el oeste de Buenos Aires, una casa pintada con franjas naranjas y negras en la calle Gallardo funcionó durante años como punto de reunión para chicos que soñaban con llegar a la cima del fútbol argentino. Por fuera llamaba la atención un mural con palmeras y camionetas; por dentro, el ambiente parecía el de un “bar” improvisado y un refugio previo al salto a los entrenamientos. Sin embargo, cuando vecinos denunciaron que allí vivían menores en “condiciones inhumanas”, la historia dejó de ser un cuento de aspiraciones y se transformó en una alarma sobre cómo opera el sistema de formación.
Gallardo Street: la denuncia, el allanamiento y el sistema de pensiones
| Hecho | Fecha/periodo | Detalle clave |
|---|---|---|
| Denuncia vecinal por presuntas condiciones inhumanas | Previo al operativo | Autoridades inician un allanamiento con asistencia de áreas sociales y sanitarias. |
| Allanamiento y revisión de menores | 4 de abril de 2023 | Intervención simultánea en Liniers y en la pensión de Gallardo; evaluación médica y entrevistas. |
| Orden de cierre por falta de habilitación | Tras el operativo (documento municipal) | Notificación de desalojo con plazo de 10 días; aun así el lugar siguió funcionando. |
El relato de lo que ocurría en esa vivienda comenzó con señales que parecían contradictorias: adolescentes que entraban y salían, una especie de pub casero para hinchas del club local y cámaras de seguridad pequeñas que se movían como si “miraran”. La fachada, además, tenía un mural colorido que contrastaba con lo que luego describieron en la inspección quienes llegaron para verificar la situación.
Según el testimonio que motivó la intervención, la casa estaba ocupada por chicos que no vivían en condiciones apropiadas. Cuando el operativo se concretó, el lugar se percibió oscuro y silencioso, con luz de la mañana filtrándose a través de ventanas cubiertas con diarios pegados. En los ambientes se notaba el paso de la vida cotidiana: ropa húmeda y acumulada, el olor de adolescentes y las marcas del fútbol expresadas en botines y entrenamiento.
En esa vivienda de una planta residían alrededor de tres docenas de varones, de entre 12 años y los primeros años de la veintena. El encargado era un hombre de complexión robusta conocido como “El Zurdo” (o Lefty). Al presentarse ante la policía, sostuvo que era el responsable de todos los jóvenes y que contaba con documentación para respaldarlo. Más tarde, afirmó: “No soy su padre biológico, pero soy su padre”. No obstante, cuando los inspectores exigieron permisos, no pudo exhibirlos.
Los chicos fueron llevados a la sala de comedor para responder preguntas. Entre ellos, algunos ya sabían que a veces faltaba comida y que el encargado podía ser temperamental. Aun así, esa información no se trasladó en forma directa a los adultos que buscaban evaluar el bienestar. Todos compartían una aspiración común: convertirse en futbolistas profesionales, herederos simbólicos de Lionel Messi y del plantel campeón del Mundial. Esa meta, repetida como un horizonte permanente, era la que mantenía encendida la esperanza dentro de la casa.
Dos años después, en abril de 2025, la visita a la calle Gallardo mostró que el sistema seguía en marcha. Ya se conocían múltiples versiones sobre una maquinaria de desarrollo de talentos en Argentina, descrita por algunos como cruel y por otros como “fea” en su forma de operar. Una madre relató que su hijo había sobrevivido con restos de pollo y arroz mezclado con insectos negros. Otra mujer aportó un audio en el que pedía a autoridades del fútbol que se denunciara al entrenador que habría abusado de su hijo.
En el mismo contexto, se citó una frase del dirigente que apareció en la grabación: “Esto pasa en todos lados. Lo vi en cinco equipos distintos”. La advertencia, en ese momento, no era solo sobre un caso puntual, sino sobre un patrón que se repetía.
La casa de Gallardo “debía” haber sido clausurada. Tras el allanamiento, la ciudad emitió una notificación de desalojo de diez días, según un documento de carácter investigativo. Sin embargo, cuando se llegó al lugar en una tarde cálida, “El Zurdo” estaba en la cocina y la vivienda seguía llena de chicos.
El antecedente de lo que se discutía en March 2018, cuando se encendió la alarma nacional, marcó un antes y un después. Argentina, con su pasión futbolera, empezó a reconocer un “submundo de jóvenes bajo custodia de adultos que no son sus padres”, una definición que utilizó un legislador de Buenos Aires. El caso que puso el foco fue el de Independiente, uno de los clubes más importantes del país, que reveló que varios hombres habrían atacado sexualmente a algunos de sus futbolistas jóvenes.
Los chicos vivían dentro de la pensión del club, un alojamiento para jugadores de edades tempranas, incluso desde los 10 años. En el relato de la investigación, los abusadores trataron el lugar como un “estanque” donde “pescar” víctimas. Además, se destacó que la investigadora principal, María Soledad Garibaldi, no conocía la figura de pensión para futbolistas antes de meterse en el expediente. Desde allí, entrevistó a cerca de 50 chicos y, según su hallazgo, casi todos habían sido “engatusados” o “groomed” de manera ilegal a través de redes sociales; más de una docena habría sufrido agresiones.
Garibaldi observó similitudes en los perfiles. Muchos provenían del interior de Argentina, una zona con altos niveles de pobreza, y se los mantenía sin remuneración, aislados en el alojamiento, con convivencia limitada a los compañeros y con sueños como única brújula. Los agresores, en ese escenario, detectaban el margen para aprovechar la vulnerabilidad. Un adolescente de 15 años contó que lo habían convencido para realizar actos sexuales a cambio de dinero de colectivo, para poder volver a su casa por el Día de la Madre.
En esa investigación se sintetizó la situación con una frase atribuida a un psicólogo del equipo: “Lo vulnerable se encuentra con lo perverso”.
Luego, Garibaldi amplió el trabajo para incluir siete clubes más. En total, se entrevistaron unos 300 prospectos. El porcentaje que surgió fue contundente: se concluyó que cerca del 60% de los chicos habían sido contactados en algún momento. No se afirmó que todos hubieran sufrido abusos sexuales, pero sí se señaló que eran víctimas del “grooming”: a algunos se les pedían fotos íntimas, otros recibían imágenes enviadas por los adultos. “Había de todo”, se remarcó.
Julio Conte Grand, fiscal general de la provincia de Buenos Aires y responsable del caso de Independiente, explicó la complejidad: “El fútbol es sagrado. Cuando una institución tiene tanto poder, destapar la realidad se vuelve complicado”. Se sumaron obstáculos que habrían interferido en la investigación: filtraciones mediáticas que habrían dado tiempo para destruir evidencia, incluso con el caso de un teléfono celular que habría sido destruido a golpes. También se mencionó que testigos potenciales fallecieron. Garibaldi, además, atravesaba una etapa personal difícil: había estado inmovilizada durante un embarazo complicado y recibió amenazas hasta que se colocaron guardias frente a su domicilio.
Con el paso del tiempo, el expediente se sostuvo pero fue perdiendo visibilidad pública. Finalmente, cinco hombres se declararon culpables de abuso sexual, con el último caso llegando ocho años después de que estallaran las acusaciones. Otro imputado, un árbitro de juveniles, eligió ir a juicio argumentando que sus víctimas habían consentido. Tras una condena, un tribunal señaló con dureza las condiciones que favorecían la agresión y dejó una comparación contundente: considerar voluntarias esas decisiones sería como pensar que un esclavo compra su libertad por placer, o como creer que alguien vende sus órganos como ejercicio pleno de una libertad libremente elegida.
El texto también sitúa el problema en un marco internacional: se describen circuitos globales donde la búsqueda de talento convive con prácticas de riesgo, especialmente cuando hay pobreza y corrupción sin control. Se citan casos en otros países y deportes: desde un cazatalentos de béisbol en Venezuela que comparaba la evaluación con mirar dientes de un caballo, hasta entrenadores en China golpeando jugadores jóvenes en academias, y reportes sobre acuerdos ilegales con niños de apenas 11 años en República Dominicana. En Estados Unidos, se mencionó el clima de abuso que involucró a la doctora Larry Nassar en el deporte. La idea central: el fenómeno no era exclusivo del fútbol argentino.
Dentro de ese marco, se afirmó que el sistema que produce a los campeones del Mundial vigente estaba plagado de explotación. Se describió que miles de menores se enfrentan a situaciones de riesgo: sin pago, separados de sus familias y alojados en dormitorios sin regulación. Allí, en el extremo, aparecen depredaciones sexuales, pero también extorsión, hambre y abandono. Se señaló que la investigación se apoyó en más de cien entrevistas, una revisión de miles de documentos y visitas presenciales a decenas de pensiones.
La historia, por lo tanto, arrancó como una exploración del abuso sexual en una de las instituciones más emblemáticas del país, pero fue creciendo hasta convertirse en retrato de una nación y su obsesión: chicos que sueñan con ser campeones del Mundial, y adultos que fallan a la hora de protegerlos.
En ese contexto aparece Tobías Pérez, que recibió su primer ofrecimiento para entrenar con un club profesional a los 8 años. Tobías era un chico tímido del campo, con cabello negro y un remate con potencia particular desde el pie izquierdo. Un amigo del padre, Roque, comentó durante un partido que Tobías entendía el fútbol mejor que cualquiera en la zona y que, si lo apoyaban, podía llevarlos lejos. Con esa idea, Roque buscó sostener el sueño.
La familia vivía en Vedia, una comunidad agrícola a 200 millas al oeste de Buenos Aires. Roque trabajaba como plomero, moviéndose por distintos lugares para hacer zanjas y colocar tuberías. Tobías entrenaba desde muy chico con Newell’s Old Boys, el club donde Messi inició su camino, pero el viaje desde allí hasta Rosario era demasiado largo y caro. El club ofreció entonces que Tobías viviera en la pensión.
Cuando regresaban desde Rosario, Roque pensó que la noticia era una luz: “¡Entró, entró!”. Quería contárselo a Andrea, la madre del chico. Pero Andrea reaccionó con firmeza: no enviaría a su hijo de 8 años a vivir con extraños. Así, Tobías se quedó en Vedia, jugando en clubes locales. A los 10 años fue reclutado por un equipo llamado Atlanta, que contaba con instalaciones superiores y vínculos con el fútbol de élite.
Con 14 años, Tobías logró pruebas con clubes grandes: River Plate, Banfield y Estudiantes de La Plata. Cualquier chance implicaba mudanza y gasto a cargo de la familia. El dinero era escaso: Roque había atravesado un accidente gravísimo de moto que mató a su hermano y lo dejó en estado crítico. Durante seis meses no pudo trabajar. Para sobrevivir, recurrieron a ayuda de amigos y familiares con rifas y bolsas de alimentos.
Roque explicó que su recuperación tenía sentido por el objetivo de Tobías: “Dios me devolvió por una razón. Voy a vivir para verlo debutar. Si no, ya estaría muerto”.
En 2022, a los 15, Tobías firmó con Ferro Carril Oeste, en la Primera Nacional, el tercer escalón del fútbol argentino. Ferro queda en Caballito, un barrio arbolado en pleno centro porteño. El club es de los más antiguos del país y tiene hinchada muy intensa. El nombre “ferrocarril” alude al origen del equipo: empleados irlandeses del Ferrocarril Oeste de Buenos Aires lo fundaron en 1904, y una locomotora se alza frente a la entrada del predio.
El contrato vinculaba a Tobías a Ferro. El club podía decidir sobre su continuidad e incluso venderlo, pero el pago llegaba solo si lograba estar en el plantel profesional. Ferro tenía su propia pensión en el estadio, debajo de las tribunas de un recinto con capacidad de 24.500, aunque esa estructura estaba reservada para pocos prospectos. Tobías, al igual que otros chicos con contrato, debía resolver su vida y alimentación por fuera.
El club le informó sobre una pensión externa, con alojamiento lejos, a unos treinta minutos en colectivo, en Liniers, un barrio de trabajadores. Allí, Tobías pasó del mundo de caminos de tierra, campos de trigo y lagunas quietas a una ciudad de alrededor de 15 millones de habitantes. En ese punto Andrea aceptó el cambio.
Antes de que Tobías se mudara, la pensión pedía que los padres firmaran un documento que se parecía a un papel de autorización, como el que se completa para enviar a un chico de excursión. Sin embargo, esa hoja otorgaba al responsable del lugar control sobre decisiones del día a día. En particular, el texto notarial le daba poder para actuar en nombre del menor ante “autoridades educativas y/o sanitarias y/o cualquier otra organización pública o privada” que requiriera representación.
El nombre del firmante era Gustavo Hernán Chozas, aunque todos lo conocían como “El Zurdo”.
La investigación sobre el caso Independiente en 2018 expuso, según se dijo, un entorno “poco regulado, poco visible y poco observado”. Sergio Siciliano, legislador de Buenos Aires, remarcó que al avanzar aparecían hallazgos “sorprendentes, peligrosos y preocupantes”.
El sistema, además, no era nuevo: se citó el caso de Pablo Zabaleta, quien se sumó a San Lorenzo a los 12 años y en 2000, con 14, se mudó a la pensión porteña desde su hogar. Allí convivían cincuenta chicos en habitaciones compartidas, con poca comida, algunos robos entre internos y encierro luego de las 20. Zabaleta describió que eso lo maduró, aunque reconoció que de los 300 chicos que pasaron por la pensión solo cinco o seis llegaron. “He visto esto, lo viví. Muchos terminan muy vulnerables ante situaciones externas complejas”, dijo.
También se mencionó una acusación en 2018 contra un entrenador de más de 60 años en el Club Atlético Mac Allister, una academia y pensión ubicada a 400 millas al oeste de Buenos Aires. El club era manejado por los hermanos Patricio y Carlos Mac Allister. Carlos, figura histórica del seleccionado, había sido secretario de Deportes y su hijo Alexis juega de mediocampista en el Liverpool de la Premier League y en el seleccionado argentino en el ciclo actual del Mundial.
Julieta Echenique, madre que había inscripto a su hijo de 13 años en Mac Allister por las conexiones con clubes grandes, pidió a Patricio Mac Allister que avanzara con la denuncia. Lo hizo luego de que el entrenador Héctor “Patilla” Kruber presuntamente abusara de su hijo y de otros chicos. Echenique registró la conversación.
En el audio, Mac Allister le responde que no querían meterse en un escenario que los complicara. Echenique le insiste: “Para usted, para el club”. Él intenta justificar que había visto abuso en al menos cinco planteles, incluyendo acusaciones previas contra Kruber, y resume: “Vivo en el mundo del fútbol; esto pasa en todos lados”. Echenique, desesperada, le pide frenar “el tren” porque si hoy eran sus chicos, mañana serían otros; y remata: “Así es en Argentina. ¡Todos somos cómplices!”
La madre, además de demandar a los Mac Allister por daños, acudió por su cuenta a la policía. Gracias a su testimonio, Kruber recibió una pena de cuatro años de prisión. En el relato se indicó que ni la familia ni su abogado respondieron consultas.
En 2019, la liga profesional más importante del país —en ese momento llamada Superliga— comenzó una investigación propia sobre el sistema de formación juvenil. Se identificaron 1.014 chicos, con edades desde 10 años, viviendo en 26 pensiones administradas por 23 clubes. En un informe de 11 páginas se sugirió que los clubes incumplían normas de protección de la infancia. Un tercio no aportaba documentación de consentimiento parental. Varios tampoco registraban teléfonos de contacto de jugadores o familias, señal de que algunas familias ni siquiera sabían dónde vivían sus hijos.
Carolina Ramenzoni, una de las investigadoras, describió un ejemplo: “Encontramos una habitación con 16 chicos”. También contó que hallaron una pensión con 22 jóvenes y solo un baño.
El documento recomendó que los clubes generaran regulaciones para “garantizar derechos” de niños y adolescentes. Pero, según el relato, la Superliga se disolvió y se trasladó la responsabilidad hacia la Asociación del Fútbol Argentino (AFA), que gobierna cientos de clubes. No habría habido continuidad. Ramenzoni respondió a la pregunta por su sensación con una sola palabra: “Desilusionada”.
En el texto se señala que un equipo de colegas intentó comunicarse con la AFA por correo y mensajes de voz, e incluso se presentó en la sede en el centro porteño. La AFA no respondió.
Mientras tanto, en 2019, funcionarios de protección infantil de Buenos Aires abrieron otra pesquisa sobre pensiones en la capital. Allí se indicó que había muchas más residencias que las pensiones operadas por clubes. Se explicó que algunas entidades firmaban cientos de jugadores sabiendo que no estaban obligadas a alojarlos ni a pagarles, y que los adolescentes quedaban “guardados” en pensiones privadas externas. Germán Onco, ex director del Ministerio de Protección de Menores de Buenos Aires y jefe de esa investigación, aseguró que no le resultaba creíble que fútbol y sociedad permitieran que chicos vivieran así: “Estas residencias se aprovechan de necesidades: gente del interior que no puede viajar y manda a sus hijos a vivir acá”.
Onco calculó que inspeccionaron 17 lugares. Algunos estaban en condiciones aceptables, otros “casi inhabitables”. Se mencionó un caso dirigido por una mujer acusada de realizar “favores sexuales”, y otros donde “prácticamente no se alimentaba” a los chicos. La ciudad habría forzado al menos a dos pensiones a cerrar.
La periodista Lorena Oliva, investigadora para La Nación, describió: “Las pensiones son las únicas instituciones del país donde hay niños bajo su cuidado sin una entidad que regule qué ocurre adentro. No hay reglas, protocolos ni control de ningún tipo”.
Durante meses se buscó ubicarlas con rastreo en redes sociales, notas y conversaciones con personas que las habían visto. Se encontraron en todo el Gran Buenos Aires: en barrios acomodados y en zonas de pobreza, en casas y departamentos. Había pensiones impecables y otras superpobladas, con desorden y restos. En un hogar, 10 chicos convivían en un cuarto estrecho sin aire acondicionado, con camas apiladas como en formación militar. En otro, con jardines cuidados y baños privados, la distribución era de dos o tres por habitación. Los costos variaban: desde un equivalente de unos 200 dólares mensuales hasta 450 dólares, en un país con ingreso medio mensual cercano a 450 dólares.
El texto comparó el flujo anual de menores sin acompañante con una migración de jóvenes que buscan universidad: más pequeños, más pobres y con un objetivo difícil de descifrar. La demanda de vivienda es constante. Se encontró incluso una pensión externa que funcionaba como un departamento de cuatro plantas con más de 50 chicos y chicas, con una ampliación en construcción: el dueño pidió disculpas por la obra mientras mostraba un patio con plantas azarosas, bicicletas viejas, escombros y ropa tendida.
En febrero, en plena estación de verano, se visitó un intento de prueba en Moreno, suburbio de Buenos Aires, donde participaron cientos de chicos. Una madre tomó mate a la sombra con su hijo de 15 años, proveniente de Santa Fe, a unos 300 millas al norte. Llegaron junto a muchos chicos con la esperanza de ser incorporados a un equipo. El cazador que los trajo había alquilado un colectivo completo para trasladarlos. Esa semana al hijo le ofrecieron un lugar en un club de segunda división, y la madre aseguró que lo iba a mudar a la pensión del equipo.
Semanas después, ya en Estados Unidos, recibió un correo de la madre para compartir el testimonio, solicitando reserva de identidad para proteger a su hijo. Antes de mudarlo, le mostraron fotos en internet y ella y el chico llegaron a una realidad distinta. El techo estaba hundido, había electricidad “pirata” y convivían “30 adolescentes uno encima del otro”. La madre también dijo que la mayoría no estaba inscripta en la escuela.
En el cuarto de su hijo había cuatro camas para cinco chicos. “No entramos. Dos tuvimos que compartir cama”, contó. Ella fotografió la comida: restos de pollo y arroz blanco con pequeños insectos negros. “En mi casa ni un perro comería esos restos. Tuve que ver a mi hijo tragarse esa comida”, dijo, llorando. Tras dos semanas, lo devolvió a casa.
En el trabajo de investigación se repitió una idea: que el sufrimiento y hasta el abuso se presentan como una especie de rito de iniciación para llegar. La madre dijo que le insistían con la teoría de que “les hacen creer que van a llegar lejos soportando estas situaciones”, calificándolo como fraude. También se preguntó cómo denunciar si no existe un marco legal claro para administrar esos espacios: “¿Dónde haríamos el reclamo?”.
El recorrido de Tobías desde Vedia a Buenos Aires se describe como un viaje de 4 horas y media. Al llegar en agosto de 2022 a Retiro, la ciudad “le cayó encima”: gente, gente, gente; los ojos parpadeando por el movimiento y el ruido. Dentro de la pensión en Gallardo, la vida también era desordenada: convivían chicos de todas partes del país e incluso de Colombia y Ecuador. Tobías compartía habitación y convivía con muchos más en la casa amplia. Los problemas de comida y baños se resolvían a empujones. “Siempre había alguien con hambre”, dijo.
Cuando su padre visitaba, Roque notó que algunos chicos recibían menos comida que otros. Por eso se organizó: llamó a su esposa para garantizar dinero para ellos y salió a comprar azúcar, té, pan y galletitas, repartiendo esos alimentos a Tobías y sus amigos.
También existía un bar que atraía hinchas de Vélez Sarsfield, club de primera división cuyo estadio se alza sobre el barrio. Roque confesó que le daba miedo que un borracho entrara a la pensión y armara problemas.
La rutina era casi mecánica: alrededor de las 5:30 o 6 de la mañana salían para entrenar con sus clubes y volvían a primera hora de la tarde. Después de almorzar, asistían a una escuela barrial durante tres o cuatro horas y regresaban a la pensión para cenar. Tobías contaba que muchas veces se sentía mal, llorando en su cuarto. “No tenía carácter fuerte. Extrañaba todos los días. Vivía encerrado: volvía del entrenamiento y me encerraba”, explicó. Finalmente, tomó la decisión de regresar a casa.
Su padre no podía creerlo y le dijo que en un pueblo pequeño no había futuro: llevaba 40 años trabajando sin progresar. Eso era lo que esperaba a su hijo. Entonces Roque decidió llevarlo a trabajar: se levantaban a las 5 de la mañana, viajaban a un sitio cercano y hacían tareas en rutas, picando y removiendo escombros con calor agobiante. “Dejamos lo más pesado para él”, relató Roque. Tras cuatro jornadas de 14 horas, se duchaban, se sentaban en el patio en la oscuridad compartiendo mate y Tobías sentía dolor de espalda.
“No voy a trabajar más. Voy a volver a Buenos Aires para jugar fútbol”, le dijo Tobías. Ferro lo recibió de nuevo y el chico despegó: se convirtió en el mediocampista más prometedor del club. Manejo rápido del balón, lectura del juego y una disciplina nueva. Tras lo vivido en Vedia, volvió con urgencia y orden. Entendió que el fútbol era su trabajo, aunque no cobrara. También se hizo muy amigo del delantero Lautaro Bordón, figura que se estaba destacando y le reducía la soledad.
Pero la vida en la pensión no era estable. Tobías regresó a la casa manejada por su dueño y guardián, Gustavo Chozas (“El Zurdo”), que controlaba tres pensiones en el oeste porteño. En abril de 2025, durante el encuentro, Chozas mencionó que estaba pensando en sumar una cuarta estructura. “Quería achicar este año para tener un poco más de libertad. Pero en enero siguen llegando chicos”, dijo.
Chozas afirmó que por sus pensiones pasaron cerca de 3.000 jugadores. En el momento de la charla, dijo que tenía a unos 60 bajo su cuidado y que además era responsable de otros 22 que ya no vivían allí. Ante la pregunta de si era “padre” de más de 80 chicos, respondió con una sonrisa: “Sí, más o menos”.
El comedor tenía pintura descascarada y paredes gastadas celestes y blancas. Era temprano y había poca gente: madres que colaboraban con las tareas del lugar, chicos que no estaban en la escuela y uno de ellos dijo que tenía 12 años y que venía de Formosa, provincia pobre del noreste, a unos 600 kilómetros.
Según el relato, los investigadores rastrearon a Chozas luego de escuchar su nombre por parte de autoridades, scouts y jugadores. Había versiones sobre su temperamento. Un cazatalentos que tuvo cruces con él contó que “es un hombre de carácter muy fuerte”. Antes de la pandemia, Chozas se dedicaba a una heladería, pero luego habría conectado en el fútbol y recomendaban abrir pensión cuando chicos llegaban para pruebas. Así habría escalado a administrar varias pensiones.
Chozas insistió: para “muchos” sería negocio, pero para él no. Aseguró un compromiso personal: educar y cumplir sueños, buscando que un chico crezca para ser futbolista profesional y vuelva a su casa con diploma, agradeciendo a sus padres el esfuerzo. “Eso es lo único que quiero”, afirmó.
En la charla, se dijo que cobraba 350.000 pesos a las familias, equivalente en ese momento a entre 200 y 300 dólares, el piso para pensiones en la zona. Negó faltas de comida, aunque explicó que debía elegir para que todos coman: “Si acá comemos carne, hay 15 chicos que ya no comen. Si compramos cerdo y trabajamos con cerdo, entonces comemos todos. Vos elegís. ¿Me seguís?”.
Luego elevó la voz: “¿Tenés idea de si me queda plata de esto? Tengo problemas terribles todos los días, pero sigo porque hago esto. Y lo voy a defender hasta el día que me muera. Me van a tener que sacar de acá de pies primero porque nadie se ocupa de estos chicos como yo”.
También se describió su forma de actuar: difícil de leer, postura de pelea y un lenguaje asociado a violencia y amenazas cuando estaba alterado. Se contó que, si los documentos tardaban en llegar, Chozas habría dicho a Roque: “Si no te lo dan, andá y pegales una trompada. ¡Tu hijo pelea por un sueño y vos no lo ayudás!”. Roque respondió que no era así, que en su casa conversaban y no iban a pelear por cosas de ese tipo.
Chozas habría reaccionado cuestionando la hombría de Roque y llamándolo “Little Balls”, según el relato. Se dijo que gritaba tanto que cuando aparecía su nombre en el teléfono, Roque y Andrea se quedaban congelados y pasaban el celular como si fuera un objeto caliente para evitar hablar. Al mismo tiempo, se subrayó que Chozas podía ser sorprendentemente cariñoso: paternal, amable.
Roque contó que el primer año fue “muy asustante”, pero luego habló con él a solas y lo vio diferente. En ese periodo Roque atravesaba un mal momento después del accidente de moto. Chozas lo habría contenido y aconsejado: le dijo que perdió todo y que no podía rendirse. “Me dijo: ‘Tenés un hijo como oro. Si te rendís, se termina el sueño. Pero siempre voy a estar, como un segundo padre’”, sostuvo Roque.
En abril de 2023, el operativo se describe con detalle. El martes 4 de abril de 2023, Tobías, con 16 años, llegó a la pensión luego de entrenar y con el equipo colgado al hombro. Planeaba almorzar con amigos antes de la escuela, pero encontró la casa invadida por adultos: algunos armados y con uniforme, otros con guardapolvos y ropa de trabajo. Eran policías e investigadores de varias agencias de Buenos Aires. Quince chicos ya estaban en el comedor y Tobías fue enviado a unirse a ellos.
Desde las 11 de la mañana, las autoridades realizaron allanamientos sin aviso en Liniers: uno en un edificio donde Chozas administraba un restaurante llamado “Zurdo” y otro alrededor de la vuelta, en la pensión de Gallardo. Un resumen investigativo del fiscal local, obtenido en el trabajo, indicó que la intervención se originó en una denuncia vecinal: se habría visto entrar y salir a muchos chicos y se alegaba que vivían en “condiciones inhumanas”.
El documento indicó que Chozas apareció “afectado” al llegar la policía, pero aceptó colaborar y dijo tener “todo en regla”. En la pensión, los chicos fueron entrevistados durante ocho horas y se les realizaron exámenes médicos. Los representantes del Consejo para la Protección de Niños, Niñas y Adolescentes trataron de determinar su bienestar. Mientras estaban agrupados en el comedor, los chicos comenzaron a temer que los enviaran de regreso a sus hogares.
En esa espera, Tobías contó que los chicos hicieron un pacto: “No estábamos bien, pero le dijimos entre nosotros: ‘Cubramos a él para que no cierren la pensión’”.
Un médico forense concluyó que los chicos aparentaban estar en buen estado y que estaban inscriptos en la escuela. El informe indicó que todos afirmaban que Gustavo era su guardián porque contaba con permisos firmados por sus padres, y que las firmas eran válidas por una firma de un juez de paz.
Pero los investigadores, según el informe, también pudieron observar problemas reales: ventanas cubiertas con diarios o papeles para impedir que se viera desde afuera; los jóvenes vivían en hacinamiento y las camas disponibles no alcanzaban para la cantidad de chicos. Además, la Agencia de Control de Gobierno de Buenos Aires habría emitido la orden de desalojo al determinar que la casa no estaba habilitada para funcionar como pensión. Debía cerrarse dentro de diez días.
En una conversación posterior, se le preguntó a Chozas si entendía que hubo un allanamiento allí. Él dijo que fue una acusación falsa, que revisaron a los chicos para ver cómo estaban y que, si no, no estaría sentado allí. Le mostraron el documento de desalojo y se enojó: “¿Querés saber por qué nunca se solucionó? Porque nunca volvieron a tocar la puerta”.
Las autoridades no pudieron explicar por qué la pensión seguía abierta. Nadie parecía saber que había sido allanada. Chozas leyó un mensaje de texto de un abogado, donde se indicaba que el expediente habría sido “cajoneado”, un término ambiguo que podía significar “cerrado” o “enterrado”.
En ese mismo período, Tobías fue promovido al equipo de Reserva de Ferro, un escalón por debajo del objetivo máximo, “La Primera”. En el modelo económico del fútbol argentino, se explicó, los jugadores de Reserva y de categorías inferiores suelen no cobrar. En cambio, quienes ascienden al plantel profesional ganan al menos un millón de pesos, alrededor de 700 dólares mensuales, dependiendo del tipo de cambio, que cambia con fuerza en Argentina.
Con el aumento de ingresos potenciales, llegaron personas que buscaban representar a Tobías. Una de ellas era Chozas, que presionó para que Tobías firmara con su hijo Joel. Así lo dijeron el jugador y su familia. Tobías afirmó que convencieron a sus padres de que otros agentes lo estafarían. Joel Chozas habría terminado actuando como representante. También se sostuvo que Tobías y sus padres pidieron copias del contrato varias veces y no las recibieron.
Cuando se preguntó a Chozas, estalló: “No soy agente y no pienso serlo. No represento a ningún jugador”. Sobre si había presionado a chicos para firmar con asociados, respondió con incredulidad: “¿Estás jodiendo?”. Ante más preguntas, dijo que quería que vieran su celular y que se revisaran mensajes de personas que le agradecían todo. Afirmó que defendería su accionar.
El día de la visita, Chozas mandó a Joel a sacar chicos de la escuela para que lo vieran y emitieran testimonios. Dieciocho jóvenes entraron al comedor: edades distintas, tallas diversas, muchos con mochilas. Algunos saludarían con un beso en la mejilla. Los jugadores se ubicaron formando un muro detrás de él. Algunos parecían asustados y lloraban.
“Decile lo que pensás”, le habría indicado Chozas a un jugador. El chico vestía una remera negra de Nike y una gorra con el frente hacia atrás. Contó que el año anterior llegó a la pensión para jugar fútbol sin conocer a nadie y con un sueño, como la mayoría. Después de experiencias negativas en otras pensiones, dijo que gracias a esa persona encontró un lugar, y lo describió como un “viejo” en Buenos Aires. Luego, Chozas señaló a otro adolescente llamado Mateo, quien dijo que extrañaba a su familia y que gracias al apoyo de los chicos y de El Zurdo se sentía mejor. Mateo lloró y Chozas le pidió que no lo hiciera, con un gesto afectuoso.
La historia también incluyó a Lautaro Bordón, mejor amigo de Tobías en Ferro. Se mencionó que Lautaro fue presionado por Chozas. Lautaro, oriundo de Formosa, tardó más de un año en juntar el dinero necesario para que su familia lo mandara a Buenos Aires. En el antebrazo llevaba un tatuaje del “Divino Niño”, el niño Jesús, al que atribuía una cura de una enfermedad rara de sangre y a quien decía que lo guiaba en su carrera.
En su primera temporada, Lautaro habría marcado más goles que cualquier otro jugador de Ferro. Los agentes quisieron firmarlo, pero luego de escuchar la experiencia de Tobías, Lautaro dijo que rechazó. En ese punto, según su versión, Chozas empezó a tratarlo mal. Se contó además que Lautaro se hospedaba en otra pensión de control de Chozas a aproximadamente una milla de Gallardo, donde las condiciones también eran precarias: se escuchaban disparos y los chicos se escondían; un jugador salió a buscar comida y lo asaltaron a punta de arma. Los chicos habrían filmado el lugar: colchones tirados en la sala y, cuando hacía calor, dormir en el techo. Luego del rechazo, se habría cortado el agua durante un mes: debían comprar agua y bañarse en Ferro o en una estación cercana. También se dijo que el cocinero se fue de golpe y Lautaro tuvo que cocinar para 15 chicos. Se atribuyó a Ovegildo Santillán, scout vinculado al entrenamiento, haber intentado hablar con Chozas y recibir “amenazas violentas”.
Finalmente, se afirmó que en Ferro se enteraron y el club reaccionó: enviaron comida y agua y alentaron a las familias a sacar a los chicos de la pensión. Julián Nemirovsky, director de desarrollo juvenil de Ferro en ese momento, dijo que el club sintió que era su responsabilidad. Chozas, por su parte, afirmó que el corte de agua había durado tres días y no un mes, por una rotura de cañería, y que la salida de la cocinera fue por un cambio laboral y que conseguir reemplazo tardó. También negó de nuevo que tuviera interés en ser agente.
Luego, se narró que el equipo se trasladó a filmar afuera de otra pensión de Chozas cerca de Fuerte Apache, zona peligrosa del sur porteño. Mientras estaban frente al lugar, Chozas habría salido furioso del edificio, moviendo los brazos con energía. Un guardia de seguridad lo interceptó y se relató un cruce donde Chozas decía que iba a “romperles la cabeza” y protestaba por seguirlo.
En paralelo, el texto explica que, aun con amenazas, resultaba difícil no sentir empatía por su postura. Se lo describe como un emprendedor clave en una industria que depende de niños y que, según el relato, está poco regulada. Se presenta a Chozas como un personaje que habita la zona donde la obsesión nacional choca con pobreza, fantasía, vulnerabilidad y codicia.
En noviembre de 2025, la legislatura de la ciudad de Buenos Aires aprobó una ley para regular pensiones operadas por clubes y pensiones externas dentro del ámbito porteño. La norma busca contar con exactitud las pensiones y sus ocupantes, fijar estándares de salud y seguridad y detallar sanciones por incumplimientos. Sin embargo, se remarcó que no estaba claro cómo se aplicará la ley. Además, no sería aplicable a la provincia de Buenos Aires fuera de la ciudad, ni al resto del país, donde hay muchas pensiones.
Lorena Oliva, periodista de La Nación, dijo que “no cambió nada”. Tras publicar en 2024 una serie sobre pensiones externas, recibió un premio importante de periodismo, pero sostuvo que la reacción general siguió siendo silencio. Expresó sorpresa y, como madre, tristeza: “Me queda el sabor amargo de que nadie se preocupa. Lo que pasa con estos chicos —lo que ocurre ahora mismo mientras hablamos— parece no importarle a nadie”.
Entre quienes insistían por reformas, Fernando Langenauer fue retratado como el más desilusionado. Langenauer supervisaba la pensión de Independiente cuando estalló el escándalo. Fue de las primeras personas en conocer, en 2018, el abuso sexual. Ex docente y actor, acababa de tener un bebé y sabía que estaba frente a una “bomba de tiempo” que podía destruir su futuro.
“Para mí no había zonas grises. O lo denunciás o sos cómplice. No hay vuelta atrás”, afirmó. Tras informar a la policía, acompañó a los chicos para que dieran declaraciones. Las entrevistas se realizaron detrás de un espejo con una sola cara. Langenauer afirmó que el relato de los chicos lo dejó en horror. Un psicólogo comparó el trauma con “abrirles el pecho, sacarles los órganos y volver a meterlos”. También contó que tuvo que llevar a dos chicos a estudios de sangre porque uno de los acusados tenía VIH positivo; el resultado fue negativo. Otro fue puesto bajo vigilancia por riesgo de suicidio.
Esperaba un final inspirador, como en una película estadounidense: abrazos en tribunales, familias agradecidas. Pero el proceso tuvo un juicio único retrasado seis años y los chicos no testificaron. Finalmente, en el tribunal no había nadie: ni Langenauer, ni medios, ni siquiera el acusado, el árbitro de juveniles, que vio el juicio por Zoom. La experiencia cambió su vida: dejó Independiente y creó una organización sin fines de lucro llamada Validando para acompañar a chicos y hombres víctimas de violencia sexual. En su última charla se mencionó que juntaba fondos desde su departamento y que su familia creció con dos hijos. Dijo que no podía mirar el fútbol del mismo modo.
También se citó una reflexión sobre el Mundial de 2022: cuando Argentina ganó el título, muchos de esos jugadores habían pasado por pensiones. “¿A qué costo? ¿Por qué todos sufren? ¿Por qué los paradigmas del fútbol argentino son así? Tiene que cambiar algo”, concluyó.
Se agregó que en mayo de ese año —un mes antes de que Argentina comenzara la defensa del Mundial de 2026 y ocho años después de que se conocieran las acusaciones— Independiente informó nuevas denuncias: tres jugadores más habrían sido víctimas de “grooming”. El club habría comunicado a las autoridades.
En 2025, se afirma que Tobías obtuvo un lugar en la pensión de Ferro, debajo de las tribunas. Allí, él y su mejor amigo Lautaro compartieron un cuarto pequeño con un ventanuco hacia la cancha, a pocos pasos del predio, como si los sueños estuvieran al alcance de la mano. La pensión estaba pintada con los colores del club: verde y blanco, con mensajes motivacionales en las paredes. Entre ellos se mencionó: “Mientras todos duermen, soñamos”. Cerca de la entrada había una camiseta de la selección con el número 17 de Marcos Acuña, considerada el exalumno más conocido de la pensión. También se mencionó que una voluntaria de Ferro, Mariél Falcone, estaba a cargo y los jugadores la llamaban “Tía Mari”.
En la etapa final del relato, Tobías y Lautaro fueron seleccionados para Argentina en el equipo Sub-18 y recientemente firmaron contratos profesionales. Lautaro selló con un club de tercera división en Brasil, donde gana casi 500 dólares mensuales. Ferro, aunque no tuvo que pagarle, recibió una “tarifa por derechos de formación”, estimada por su agente en 20.000 dólares. Tobías, según sus padres, firmó un acuerdo con un salario cercano a 1.000 dólares por mes. Se agregó que, al cumplir 18 años, contrató un nuevo representante y pudo decidir por sí mismo. Además, Tobías envía parte de su sueldo a Vedia para ayudar a sus hermanos y a sus padres.
El cierre del texto menciona que en la producción del trabajo colaboraron investigadores y periodistas del equipo, incluyendo John Mastroberardino, Lyndsey Armacost, Juanita Ceballos, Macarena Gagliardi y Gert De Saedeleer.