Senegal pasó en apenas seis meses de tocar la cima del fútbol africano a quedar atrapado en una crisis deportiva e institucional. La conquista de la Copa Africana de Naciones en Rabat, lograda en un desenlace caótico ante Marruecos, debía abrir una etapa de consolidación para los Leones de Teranga. Sin embargo, la eliminación en el Mundial, los conflictos internos, los problemas logísticos y la salida de Pape Thiaw han transformado aquel impulso ganador en un escenario de profunda incertidumbre.
La final de la AFCON había sido ya una prueba extrema. Marruecos recibió un penalti en el tiempo añadido después de que se invalidara una acción ofensiva de Senegal, decisión que llevó a parte del equipo senegalés a abandonar temporalmente el campo. Sadio Mané fue quien intervino para convencer a sus compañeros de volver, mientras la tensión se multiplicaba en las gradas y la policía contenía a aficionados que habían invadido una zona del estadio.
Tras una larga espera, Brahim Díaz tuvo la posibilidad de decidir el título para los anfitriones, pero su intento de penalti a lo Panenka fue débil y permitió la reacción senegalesa. Édouard Mendy también había intentado alterar el punto de penalti antes del lanzamiento. En la prórroga, Pape Gueye marcó el gol que entregó el trofeo a Senegal. El triunfo llegó además después de que Krépin Diatta fuera retirado del once durante el calentamiento por una enfermedad sin explicación pública, en medio de acusaciones de que el entorno favorecía a Marruecos.
La segunda estrella, que parecía confirmar la fortaleza competitiva de una generación histórica, no evitó que se hicieran visibles problemas que luego estallarían con fuerza. Senegal aterrizó en Norteamérica con ambición de repetir, como mínimo, la presencia en cuartos de final que había alcanzado en 2002, pero con una plantilla envejecida en varias posiciones decisivas. Mané, Mendy, Kalidou Koulibaly e Idrissa Gana Gueye tenían 34 años o más, y otros cinco integrantes del grupo superaban los 30.
Un Mundial que aceleró el derrumbe
La lesión de Koulibaly antes del torneo condicionó el inicio. El central llevaba más de dos meses sin disputar un partido competitivo cuando fue alineado frente a Francia en Nueva York. Senegal compitió durante amplios tramos, pero Nicolas Jackson e Ismaïla Sarr desperdiciaron buenas ocasiones en la primera parte y Francia terminó imponiéndose por 3-1.
La situación empeoró ante Noruega, que venció 3-2 en una jornada especialmente negativa para Koulibaly. Mendy sufrió además una lesión de rodilla que lo dejó fuera del resto de la competición. El conjunto que durante años había construido su identidad desde la solidez defensiva se mostró desequilibrado, con espacios y fragilidades en zonas donde antes era fiable.
La goleada 5-0 contra Irak alcanzó para entrar en las eliminatorias, donde Bélgica esperaba en un cruce que parecía encaminado. Senegal ganaba 2-0 y controlaba el partido hasta que Romelu Lukaku recortó distancias. Youri Tielemans igualó cuando faltaba un minuto para el final, y el golpe anímico se prolongó en la prórroga.
Con el equipo ya desordenado y las decisiones desde el banquillo sin lograr corregir la dinámica, Lamine Camara fue sancionado con un penalti por una falta sobre Tielemans que fue considerada severa. El propio mediocampista belga, actualmente en el Manchester United, convirtió desde los once metros en el minuto 125 ante Mory Diaw y selló la eliminación senegalesa.
El contraste con Rabat fue inevitable: en enero, Senegal se había salvado en una final africana por un penalti fallado por el rival; meses después, dejó escapar una ventaja de dos goles en un duelo mundialista y cayó por otra pena máxima. La derrota también agravó tensiones preexistentes entre Thiaw y algunos futbolistas. Pape Sarr anunció su retirada internacional mientras continuara el actual cuerpo técnico, y surgieron denuncias sobre comportamientos impropios de dirigentes durante el torneo. La federación rechazó esas versiones, aunque el ruido confirmó el deterioro del clima alrededor de la selección.
El regreso desde Estados Unidos expuso otro frente de conflicto. El vuelo chárter previsto para trasladar a la delegación no llegó a presentarse, en un contexto de falta de coordinación entre el Ministerio de Deportes y la federación tras cambios en el gobierno deportivo. Se encontró transporte alternativo para los jugadores, pero varios miembros de la expedición quedaron retenidos en Seattle. Cinco días después de la eliminación, algunos seguían allí y fueron alojados en hoteles de tres estrellas por falta de mejores opciones. Dentro de la delegación hubo quienes se sintieron abandonados.
Ya en Dakar, comenzaron los reproches. El presidente federativo Abdoulaye Fall cuestionó públicamente al equipo médico e incluso destacó que el principal doctor había sido formado como ginecólogo, pese a que contaba con cualificaciones vinculadas a la ciencia del deporte. Thiaw tampoco sobrevivió mucho tiempo a la crisis: pasó de levantar la AFCON a ser destituido medio año más tarde.
Su situación contractual ya anticipaba el desenlace. El seleccionador afrontó el Mundial sin renovación y manifestó su preocupación antes del encuentro contra Noruega, mientras la federación no le ofrecía condiciones aceptables para prolongar su vínculo. El éxito continental había ocultado carencias de planificación y gobierno que resultaron mucho más difíciles de disimular cuando los resultados empeoraron.
La despedida de una generación encabezada por Mané, Mendy, Koulibaly y Gueye se presenta ahora como uno de los grandes retos del país. Todos fueron pilares desde la coronación africana de 2019 y ayudaron a convertir a Senegal en una potencia continental comparable al equipo de 2002. Pero la continuidad de ese núcleo también retrasó una renovación que ya parecía necesaria.
Patrick Vieira asume la misión de conducir esa transición. El exfutbolista nació en Dakar y hereda una base de talento con Nicolas Jackson, Ismaïla Sarr, Pape Matar Sarr, Lamine Camara, Ibrahim Mbaye e Iliman Ndiaye. Su nombramiento tampoco estuvo libre de turbulencias, ya que Senegal anunció su llegada antes de cerrar todos los términos y antes de formalizar por completo la salida de Thiaw.
Finalmente instalado en la capital senegalesa, Vieira deberá reparar un vestuario afectado por los choques recientes, recuperar la estabilidad institucional y devolver una identidad competitiva al equipo. La tarea no será menor: transformar una sucesión de decepciones, polémicas y desorden organizativo en el punto de partida de una nueva etapa para los Leones de Teranga.