Escocia se quedó sin octavos: el recuerdo de Boston y las dudas del Mundial
La fiesta terminó antes de tiempo para Escocia. En Boston conquistaron corazones, y también en Nueva York, pero sobre el césped se quedaron cortos en los momentos decisivos: tras la derrota ante Brasil, sus aficionados aún sostuvieron una esperanza mínima de meterse entre los mejores terceros y alcanzar los octavos. Sin embargo, a medida que avanzaron los otros resultados y la clasificación se fue complicando, ese sueño se fue apagando. Aun así, la “Tartan Army” llenó estadios y llenó calles, pero el fútbol no les dio la última palabra.
Cuando se confirmó su destino y Escocia volvió a fracasar en el salto a la fase eliminatoria de un Mundial, el comunicado llegó rápido. Apenas 30 días después de haber firmado una extensión contractual hasta 2030 como seleccionador, Steve Clarke presentó su renuncia. “La parte más emotiva de despedirme es por mis futbolistas; sin ellos no tendríamos ninguno de los recuerdos que hemos acumulado desde 2019 hasta ahora”, comentó el técnico. “Se merecen todo el reconocimiento y la admiración que reciben, y fue un honor que me llamaran su ‘Gaffer’”. Clarke dejó claro que esto no era lo planeado, pero los Mundiales suelen burlarse de la ilusión: a unos les conceden el cuento, a otros les llega una realidad fría.
Quick facts
- Steve Clarke dimitió tras confirmarse la eliminación de Escocia del Mundial, apenas 30 días después de renovar hasta 2030.
- Clarke había dirigido al equipo a la clasificación para la Eurocopa 2021, la Eurocopa 2024 y este Mundial.
- Escocia cayó 3-0 ante Brasil, con goles originados por errores propios.
- En el debut vencieron 1-0 a Haití, pero el balance de diferencia de goles quedó como preocupación.
- Contra Marruecos perdieron el control tras encajar a los 70 segundos y terminaron sin tiros a puerta.
- La afición llevó el ambiente a Boston, Nueva York y Miami, con impacto incluso en el Fenway Park.
- La probabilidad de clasificación bajó a 0.07% (desde 71%) tras los primeros resultados del día de Brasil.
Fuera del terreno de juego, el legado quedó sellado. Los aficionados fueron recibidos en Boston como si fueran familiares perdidos hace años, al punto de que Boston y Glasgow iniciaron el proceso para convertirse en ciudades hermanas. Dondequiera que se moviera la Tartan Army, surgía el foco: la prensa local quedó fascinada por miles de personas con kilts, cantando y transformando la ciudad. En ese viaje conocieron a “super” John McGinn, y “Yes Sir, I can Boogie” sonó más en las dos semanas en Estados Unidos que en cualquier etapa anterior. Los bares se quedaron sin cerveza, las propinas se multiplicaron y la energía se contagió.
En Boston incluso se escuchó “No Scotland, no party” y el ambiente llegó hasta Fenway Park, algo que aportó alegría en una temporada complicada para los Red Sox. Las autoridades locales, en algunas zonas, suavizaron las reglas para beber en público con el objetivo de mantener viva la celebración escocesa. En Miami se vivió un guion similar: incluso al día siguiente del tropiezo frente a Brasil, los hinchas se repartían por la ciudad, aferrados a la esperanza cada vez más lejana de ver a su selección en la fase eliminatoria por primera vez en su historia.
La realidad se impuso. Tras el partido del miércoles, Clarke fue directo: al ver el 3-0 y comprobar que cada tanto nació de errores del propio equipo, aseguró que “seguro pensamos que nos vamos a casa”. Los aficionados esperaron que estuviera equivocado, incluso algunos criticaron la manera en que se retiró tras la entrevista televisiva posterior. Aun así, en ese punto Clarke seguía siendo el entrenador y tenía contrato para los siguientes cuatro años.
División en la grada
El jueves por la mañana, mientras el grupo se movía por Miami, el debate estaba servido alrededor de Clarke. Había quienes lo defendían con argumentos claros: sostuvieron que los llevó a clasificar para torneos importantes como la Euro 2021, la Euro 2024 y el Mundial, y recordaron que su generación no cuenta con una bolsa de jugadores lo suficientemente grande como para competir con el “mejor del mundo”. También señalaron que el grupo fue particularmente duro, el único con dos equipos ubicados dentro del top 10 mundial.
Pero existía otra lectura. En esa postura se insistía en que Clarke y sus futbolistas llegaron al Mundial con la intención de escribir historia, y no lo lograron. Para ese sector, la responsabilidad recae en el entrenador y también en varios jugadores que, a su juicio, no rindieron al nivel que se esperaba.
El primer desafío llegó en Foxborough, ante Haití. Ese estreno tenía la carga de los nervios y las expectativas: los jugadores habían visto las historias y videos sobre la llegada masiva de la Tartan Army. Vieron cómo Boston bailó al ritmo escocés y, aun así, en el césped el equipo se mostró tembloroso. En la previa, el cuerpo técnico vigiló la condición física de Scott McTominay, estrella del plantel, que arrastraba un problema estomacal. Fue declarado apto, pero no se le vio como siempre.
Antes del choque, el marcador gigante en Foxborough proyectó momentos de la historia mundialista escocesa. El grito más fuerte se lo llevó el gol mítico de Archie Gemmill frente a Países Bajos en 1978, aunque también se celebró con fuerza el remate de McTominay de tijera durante la clasificación ante Dinamarca. En el terreno, sin embargo, lo mejor del jugador en Estados Unidos fue justamente eso: lo que se recordaba, no lo que se construía.
Frente a Haití, Escocia necesitó una jugada que naciera de la insistencia de McGinn: su remate desviado dos veces terminó guiando al equipo hacia el triunfo. Solo dos disparos a puerta en todo el partido, pero aun así llegaron con el 1-0. No obstante, quedaba una duda rondando la cabeza: la diferencia de goles y el peso que podía tener para definir qué terceros avanzaban. En el mismo grupo estaban Marruecos y Brasil, ubicados respectivamente como sexto y quinto del ranking mundial. Dos rivales de un calibre que no perdona.
Contra Marruecos, Clarke movió piezas y dejó fuera de inicio a Ben Gannon-Doak, destacado en el primer partido. Además, el equipo no contó con Aaron Hickey por lesión, mientras que Scott McKenna permaneció fuera. El discurso se centró en la concentración y en aislar la presión, pero el golpe llegó pronto: concedieron a los 70 segundos. Fue un pase largo, Grant Hanley calculó mal la línea del fuera de juego y Ismael Saibari, con un toque y definición contundente, puso el 1-0. Antes del descanso, Marruecos pudo haber ampliado. En la segunda parte Escocia reaccionó, aunque no encontró el empate clave y terminó con cero tiros a puerta.
Luego vino Brasil. Otra vez sin Hickey, pero McKenna regresó; y en el ataque, Clarke eligió a Lawrence Shankland como titular por delante de Ché Adams. Pero a los siete minutos, el plan se rompió: el pase de McKenna fue interceptado por Rayan, Vinícius Júnior se abrió paso y superó a Angus Gunn. Vinícius aumentó antes del descanso, ya que Escocia no logró despejar y entre Gunn y Nathan Patterson calcularon mal un centro, dejando al brasileño sin marca en el segundo palo para cabecear. El tercer tanto llegó cuando Kenny McLean perdió la pelota con Bruno Guimarães y Matheus Cunha se encargó del resto. Al final, varios jugadores escoceses se desplomaron en el césped, completamente abatidos.
Mirando el torneo en retrospectiva, queda la sensación de que Clarke pudo haber intentado algo distinto ante Marruecos. Con el beneficio del tiempo, Gannon-Doak habría debido iniciar allí. El equipo, según la lectura general, mostró dudas defensivas y se cargó con errores autoinfligidos. En el mediocampo, Lewis Ferguson dejó buenas sensaciones, pero McTominay no se vio como su versión habitual. Además, se repite la idea de que la falta de un delantero centro claramente establecido como primera opción debilita al plan. Para cada aficionado que pedía a Shankland, aparecían otros que defendían a Adams, Lyndon Dykes, Ross Stewart —que apenas tuvo minutos— o incluso a Oli McBurnie, que se quedó fuera de la convocatoria.
En suma, no apareció la calidad cuando más se necesitaba. Andy Robertson es un capitán capaz de elevar el nivel y John McGinn suele dejarlo todo, pero al pasar del once titular surgen caídas de rendimiento en ciertos sectores. Corregir esas carencias será un proyecto de largo aliento.
Tras el partido del miércoles, Clarke respondió sobre la necesidad de igualar la intensidad y la calidad técnica de rivales como Brasil y Marruecos. “Cuando ves la físico, la potencia y la técnica de Brasil y Marruecos, entiendes que hay que hacer algo”, señaló. “Tenemos que ser mejores formando jóvenes que puedan pisar el escenario mundial”.
El plantel regresó a Charlotte el jueves para encarar 48 horas de espera que se volvieron un purgatorio. Kieran Tierney lo resumió tras el encuentro: “Necesitamos ver quién hace qué. Estamos pendientes de favores, así que apoyaremos a los equipos que necesitamos para que todo salga”. Mientras muchos familiares regresaron a casa el mismo jueves, los jugadores permanecieron concentrados porque, aun sin estar eliminados de forma matemática, todavía existía una mínima posibilidad. Para el sábado, seguían encerrados, a la espera, y los números no ayudaron: Opta situó la opción de avanzar en 0.07%, muy por debajo del 71% previo al duelo contra Brasil. Cuando terminaron los partidos tempranos de esa jornada, ya no hubo margen y el Mundial quedó sentenciado.
Clarke aseguró que quería vivir cada instante del torneo, aunque había admitido que le costó disfrutar las dos Eurocopas anteriores. Es difícil imaginar que se cumpliera ese objetivo en una despedida así. Robertson, por su parte, recordó que el lema del equipo es no lamentar nada. Aun así, quedarán pesadillas por los errores en momentos clave. La Tartan Army se marchará de Estados Unidos con recuerdos que durarán toda la vida, y Boston conservará la imagen de una Escocia que tomó la ciudad con cariño y emoción. Ahora resta ver cómo el grupo encaja un Mundial que arrancó con esperanza y se apagó justo cuando los eliminatorios empezaban a ponerse interesantes.